Carta a los hijos que no tengo

Mercedes Bluske Moscoso

Queridos hijos, aunque no sé cómo serán físicamente, quién será su padre, dónde viviremos, ni a quién se parecerán, sí sé el tipo de personas que quiero que  sean.

Queridos hijos, vivimos en un país que está sobrepoblado de habitantes con un mal al que popularmente llamamos “viveza criolla”. Los síntomas de esta enfermedad son graves y sus consecuencias son desgarradoras para la sociedad. Lamentablemente, estamos infectados por este virus.

Aunque al principio todo les parezca confuso y preocupante,  la buena noticia es que detectar la enfermedad es muy simple. Un rasgo característico de los que padecen de viveza criolla, es la irreverencia. Las personas infestadas de este mal consideran que son demasiado buenas para esperar, cumplir las normas o realizar su trabajo.

Por eso, en un país en el que la viveza criolla es moneda corriente, les pido que sean lo suficientemente “brutos”, para no dejarse contagiar.

Si ven una fila de autos en una avenida de doble vía, tengan paciencia, la paciencia es una virtud que vale la pena desarrollar. Los “vivos” seguramente intentarán salirse del camino para adelantar varios metros y volver a entrar, pero eso sólo generará más caos. Recuerden, nadie hace fila porque quiere, sino porque de esa forma ayudan a mantener el orden.

Sí hijos, lamentablemente vivimos en un mundo en el que los correctos son tildados de brutos, mientras que los corruptos son considerados “vivos”. Ha sido así desde que yo era niña, y en este momento no tengo la esperanza de que vaya a cambiar para cuando ustedes existan.

Tendrán que lidiar con este mal desde su más tierna infancia. Llegará aquel día en el que vuelvan del colegio con la cara larga para contarme que  pese a haber estudiado mucho, sacaron un 5 biología, mientras que aquel compañero que nunca estudia, sacó un 10 porque tenía un “chancho” en el estuche. Pero tranquilos, ¡respiren! Y ármense de valor, porque esto recién empieza.

Muchas veces escucharán a mamá renegar por culpa de éstos vivillos. Actualmente me enfurece cuando alguien se estaciona en mi garaje, impidiéndome la libre entrada a mi casa y seguramente eso seguirá siendo así el día que ustedes lleguen a este mundo. Probablemente tengan que lidiar con el mismo fastidio cuando sean adultos.

También verán a aquellos que con una caja de cartón, latas o sillas, ocupan las calles para reservar estacionamientos, apropiándose ilegalmente del espacio público. Sean lo suficientemente inteligentes como para hacer prevalecer sus derechos, pero lo suficientemente tontos como para no dejarse seducir por este mal, pues en la vida cotidiana también enfrentarán la tentación de caer en la viveza criolla.

Lo triste, hijos, es que aquellas personas que tienen suficiente poder como para cambiar las cosas, también tienen este mal. La viveza criolla logró esparcirse por todos los niveles y estratos, políticos y sociales. Los bienes públicos, nuestros aportes impositivos, son cochinamente transformados en pagos corruptos que llegan a los bolsillos de los “vivos”, sin que hayan trabajado para merecerlos.

Lo más indignante, es que hay personas que de verdad consideran que son “vivos”, pero no hijos, una persona inteligente tiene la capacidad de generar sus recursos con su trabajo. Una persona viva de verdad, no vive de coimas, sino de trabajo digno.

Por último, les recuerdo que los “vivos” actúan de esa manera guiados por el egoísmo, a ellos sólo les importan sus beneficios personales. Pero ustedes serán educados como lo que somos, una especie que vive en sociedad y que busca el bien común.

Por todas estas estas razones les pido que sean brutos, porque gracias a los vivos, estamos como estamos.

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