Maldita indiferencia

Mercedes Bluske Moscoso

Si me preguntan por qué los humanos tropiezan tantas veces con la misma piedra,  podría asegurar que se debe a que ninguno se toma la molestia de levantarla.

La historia nos demuestra una y otra vez que cometemos los mismos errores, y el motivo de aquello no es que seamos un pueblo sin memoria, como solemos decir para consolarnos. La verdad es que somos parte de un pueblo indiferente.

“Si no me toca, no me afecta”, es el principio básico de la indiferencia.

Entre el 2014 y el 2016, mientras miles de personas morían en  África a causa de uno de los brotes del virus del Ébola más agresivos jamás vistos. Los medios latinoamericanos poco eco hicieron de dicha tragedia. “Estamos lejos del África”, decían los pocos que llegaron a enterarse que durante esos años, murieron más de 11 mil personas. Más muertos que la población actual de Bolivia.

En España se habló durante unos meses sobre la enfermedad, fruto del contagio de una enfermera española que atendió a uno de los voluntarios de la misma nacionalidad, que había contraído la enfermedad. Mientras hubo pánico y el riesgo de contagio era inminente, el ébola estuvo en boca de todos y encabezó titulares.

Hoy en día, ni aquí, ni allá, se habla del virus. Mientras el grueso de la población mundial aparentemente  tiene ceguera o amnesia de la realidad, en el continente africano la gente sigue muriendo. La causa sigue siendo la misma. La indiferencia, también es la misma.

Con la desnutrición, las violaciones y la corrupción, surte el mismo efecto. Mientras tenga un pan en la mesa o no violen a mi hija, mejor ni tocar el tema. Para qué buscar una solución a un mal que no conozco en carne propia.

Y así, la vida pasa en medio de un eterno espiral del silencio. En medio de una indiferencia que es ciega, sorda y muda.

Encontrar culpables y excusas es fácil. Hacer un mea culpa es el desafío. ¿Será culpa de los medios de comunicación por no buscar más allá de sus narices? ¿Será culpa de los lectores por no pedir más?

La responsabilidad es de los ciudadanos del mundo, más allá de su profesión, credo o pasión.  Si me preguntan, es culpa de la gente que no recoge la piedra, porque piensa que jamás se va a tropezar.

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