Voces del verano parte IV

Por: Nelson Pandorga

“Vamos a trotar… o mejor a un buffet criollo tenedor libre”. “Y qué tal el Dakar, ¿lo viste al aca hinchada de mi hermano?”. “Seguro se han desviado del camino por entrar a comprar, a la chota de tu tío le encanta comprar”. “Estoy solo ahorita en casa, ¿puedes?”. “¿Otra vez estás en pedo, culiau?”. “Estaba súper burracha pero de esa parte sí me acuerdo… en este país todo es un broma”.

La lluvia hilvana el veranoUn tupido aguacero oscurece la mañana de enero. Angula las gotas sobre las calaminas del balcón una ráfaga sostenida, crea formas espirales y prismáticas sobre los sillones blancos de plástico tejido. En la mesita redonda y baja un cenicero, un encendedor. Unos grados arriba en el horizonte impresionan la vista las nubes, que como toros briosos se agrupan en torno a Sama. Los segundos se ralentizan de carga eléctrica: se crispa el aire, el viento hamaca la niebla hacia las montañas y se tiende en su regazo. La bóveda inmensa aprueba el cortejo y truena en toda su esfera: dilata sus surcos la tierra, brama el cielo esparciendo por el valle su savia. Después de una luna gorda y blanca, amaneceres en los que niñas empiezan a ser mujeres.

La barra grande y verde de jabón se escurre entre sus dedos y rebota en la cerámica terracota del baño. Nadie como ella lucía sus zapatos. En sus cabellos se difumina una psicodélica paleta de champú. Puma del bosque de pinos, nadie como ella lucía sus zapatos. Recuerda sus gruesos labios, sus ojos claros. Las ventanitas se empañan, un redoble de gotas inflama las chapas metálicas. La lluvia hilvana el verano. Con la voz adquirida en los juegos míticos / perdidos ya, / así recuerdo al amor / cuando descubrí que en el hombre se dan / los adioses y los reconocimientos; / y, asimismo, que puede escuchar los sonidos / del diario conversar con la piel / y también las consecuencias de la traición / y la ansiedad y la medida de los días. 

Voces de verano parte III

Marco Antonio Montellano Gutierrez

Hace poco me cambié de casa. Lo que al fin de cuentas quiere decir que me he / convertido en un ser dotado de memoria. Esta memoria ya ha comenzado su / labor corrosiva en mi ser.

El alejamiento violento del encuadre amplía, horizontal y tridimensional, la perspectiva de la imagen que habita en la cantina detrás de la retina de la desesperanza súbita, infinita en su profundidad de gotita de azafrán, de mermelada. Llega hasta allí, demorada y demudada la palabra, fingiéndose sobria y libre, profeta de la mecánica retráctil de las puntabolas romas y la itálica cuerda metálica de las gónadas rotas, pasadita la navidad, justo en medio del alborozo devastado de la fingida fraternidad, que no es humilde sin embargo y se enfría interrumpida por la visita intempestiva de la calamidad y otras tías de cariño. En el monólogo intento inventar un algoritmo propio que acaricie a mi vanidad y a la de cualquier otro artista sujeto a la asesina fortuna de quedarse solo, de reinventarse en el fluir de su íntimo trono: el ritmo.

Voces de verano parte II

Marco Antonio Montellano Gutierrez

Nelson Pandorga

En la tarde una mujer me ahorcó mientras dormía. Recuerdo los botoncitos numerados de su reloj, los delgados eslabones dorados colgando de su fina muñeca y sus uñas, más bien cortas, entre lila y violeta. Desperté. Es lunes, estoy en bata y me antojo chocolate.

Aguante Keith Richards. Aguanten Netflix y Keith Richards.

La extranjera está indignada y putea con una insistencia y tenacidad admirables a pesar de que es la única culpable. Paladea las consecuencias de tensar las cuerdas de la cítara local, del boca a boca. “También se va meter con ese tipito”, repiten todas y todos los amigos. Los amigos de él, que no son otros que mis amigos: los tuyos, los suyos, los vuestros y los de ella.  La cosa es que el serpentario local se deleita en triples saltos mortales sin red con su nombre: la avientan ida y vuelta de los lábiles trapecios de sus lenguas. “Aquí he conocido a puros rocos de mierda”, se queja, enredando de eres el acento local, que de a poco se le pega. Al final de la canción hay un par de minutos de silencio.  Es martes y ha caído el sol. Observan los recortes que empapelan el local que ha sido aclimatado con decenas de frases fiesteras garabateadas con marcadores de diverso grosor en los fragmentos de pared que resistieron al avance tapicero de las revistas viejas. Somos los mismos siempre, es como el Bar de Mou pero condimentado algunas noches de abuelas:  de abuelas del rock and roll.

“Hoy cuatro caipiriñas, mañana seis y el sábado nos reventamos”, baila sobre la silla, alargada,  frutal. Lían un par trompetitas robustas y caminan. Por entre las frondas entretejidas de sus  árboles filtra la avenida principal los sudores vespertinos de la zona central. Resquicios de luz entre un caparazón de vegetales sombras.Estos árboles / tienen el recuerdo / de la lluvia. Hay humedad este año en el valle y un tono aceituna: el río enfermo en el ombligo, en los cachetes de Sama asoma la luna. Todo favorece al nocturno deambular en la todavía pequeña ciudad capital, inundada estas fechas de gente en edad de merecer, habitada todo el año por los que  no dejarán nunca de seguir mereciendo. Con una pizca de solidaridad, con una mínima logística el alba los sorprende juntos. A algunos les llegará sobre el asfalto casi azul, a otros sobre las camas de impersonales dormitorios, recámaras de tiempo.

No será esta noche. Cruzan riendo a gráciles trancos la plaza Luis de Fuentes.  Que Benito no destroce ni se orine en los jardines de nuestro kilómetro cero. “¿Quieres entrar un rato a charlar?”, “Mejor tomo un taxi que ya viene el aguacero”. En el taxi le vibra el celular. Cierra los ojos y escucha el ritmo, la ruda musicalidad del motor del coche. Lleva en los poros una forma nueva de alegría: cruza la Avenida de Tarija, con dirección a casa,  a la medianoche.

Voces del verano

Marco Antonio Montellano Gutierrez
Nelson Pandorga
1.
​“Seguro esta noche, loco, no falles… ya va acabar el año”. Guiña el ojo, manda un beso: en el índice la flecha, en el pulgar el arco. Son las tres de la tarde del 3 de enero. El aire acondicionado enfría los culos que quedan en la vagoneta con los trajes de baño todavía húmedos. “¡Hermoso Corana, llenito de gente! ¿O era Tolomosa?”. Conservadora-chorizos-Paceña-Karpil. En la Hilux de hace 10 años suben la Ballivián, atraviesan la Domingo Paz, están en San Roque. “¿Subo esta calle?”, “Sí, estoy alojado justo antes de la Cochabamba, todas las mañanas me despiertan las campanas de mierda a las 11”. El eterno retorno de las voces del verano, por cada par de genios una miríada de opas. No hay alfombra roja. “San Roque, San Roque – remonta las gafas de sol el humo del cigarro en el retrovisor- ¿dónde andará torciendo tu Quijote?”.
Elena bosteza y la barba se le espesa, se ha rapado la cabeza. Boliche, manga corta, lenguas largas y ojotas. Verano del amor, ya llegó tu profesor. Los ojos negros de la noche exudan vino y limonero, ningún ser viviente es inmune a la oscura frescura de enero. Ayer una moza del campo / -ánfora de greda / colmada de soles y lluvias: / ¡olor de la tierra!, /amancaya rosa que invertida es una / lírica pollera-, / no quiso conmigo / bailar a la rueda / porque van diez años / que dejé mi tierra.