Manos endiabladas que dan vida a la cultura boliviana

Manos endiabladas que dan vida a la cultura boliviana

            

La marca tarijeña Diabla, logró traducir la cultura boliviana en moda a través de sofisticados diseños que incorporan los elementos más tradicionales de la artesanía nacional. Con el tejido ancestral como su bandera, y la mitología e imaginario boliviano como su fuente de inspiración, cada pieza cuenta una historia única e irrepetible.

Mercedes Bluske Moscoso

Mercedes Bluske Moscoso

(VerdadconTinta-febrero2018) Más allá de lo comercial y de su innegable éxito en las pasarelas más importantes del país, Diabla es una marca cuyo principio es revalorizar los elementos que hacen a la identidad del país y que están en peligro de desaparecer.

“Ya no hay manos que quieran trabajar en el aguayo”, lamenta Pamela Gallardo Moreno, una de las diseñadoras que dio vida a Diabla. Y es que ya son pocos los hombres y mujeres que pasan el día frente al telar creando coloridos paños, porque no es rentable.

“En el país no se valora”, agrega Julia Beatriz Navajas, quien también es diseñadora y propietaria de la marca, haciendo hincapié en que los tejidos y artesanías son altamente cotizados en el extranjero, pero no en Bolivia.

Sin embargo, con un toque de coquetería y creatividad, las manos endiablas de más de 20 artesanos que trabajan en el taller, lograron transformar el aguayo, las macuquinas y el macramé, en prendas y accesorios únicos, reivindicando no sólo la labor de los artesanos, sino la cultura boliviana.

Cada pieza de joyería pasa por  aproximadamente cuatro manos. Unas que diseñan, otras que bordan la base con hilo de seda, las que agregan la pedrería y finalmente, las que cierran los collares para darles un terminado de alta calidad.  La clave de su éxito no sólo radica en los creativos diseños, sino en el amor que cada mano transmite.

Los collares de la marca tarijeña son cotizados en el mercado nacional y tuvieron gran aceptación en las ferias en las que participaron en el Europa.

Sonia  Mamani Limachi  fue una de las primeras artesanas en unirse a Diabla. Para ella, formar parte de este proyecto, fue reconectarse con sus orígenes y con su kasani natal, un pequeño pueblo en la frontera con Perú.

Con pollera turquesa, blusa blanca, trenzas y una impactante sonrisa, Sonia se dispone a hablar no sólo de su trabajo, sino de su vida.

Soni, como le dicen con cariño Pamela y Julia,  es una de las muchas mujeres que tuvo que migrar del campo a la ciudad en busca de un futuro mejor. Con sólo 18 años, y con una pequeña bebé entre sus brazos, la joven mujer llegó a Tarija con la esperanza de mejores días.

Aunque durante más de 20 años se dedicó a trabajar en casas,  desde hace casi 4 años, el bordado de los coloridos diseños de la marca tarijeña es su medio de sustento. “Vuelvo a revivir, siento que estoy de nuevo en mi casa, con mis papás” dice con un dejo de nostalgia.

Su niñez transcurrió al frente de un telar, viendo a su madre y a su abuela tejer paños de lana de oveja y alpaca, y aprendiendo aquel saber ancestral. “Hacíamos desde el trasquilado de la oveja”, agrega.

“Mi abuela nos pegaba en la mano con la rueca si no hacíamos bien”, cuenta entre risas a modo de anécdota, resaltando la importancia que tenía el saber tejer aguayo en aquel entonces.

Para Sonia, Diabla tiene un valor intangible. Es el puente que la reconecta con sus afectos. “Me siento cerca de mi mamá y de mi abuela”.

Sonia en la tienda de Diabla, junto a las piezas que borda con amor.

Como una jugada del destino o una conspiración del universo, Sonia volvió a trabajar como artesana a pesar que hace 20 años decidió abandonar su casa, porque de las artesanías no podría vivir. Su familia, de igual manera, no pudo hacer de la artesanía un medio de vida, por lo que buscaron otros rubros, aunque su madre y su abuela continuaron tejiendo para la familia.

Diabla, de a poco, va enalteciendo la labor de las manos que tejen y bordan,  reivindica la esencia de la cultura boliviana y le devuelve a las familias artesanas la esperanza de vivir de su trabajo.

Para Sonia, la satisfacción de crear arte con sus manos, no tiene igual. “Veo en Facebook lo que yo hago y me emociono”, continúa, “veo que la gente valora mi trabajo, porque no es fácil hacer”.

El proyecto que empezó en un pequeño cuarto en el que Pamela y Julia diseñaban y bordaban los collares, se ha convertido en un verdadero proyecto de empoderamiento de mujeres, a través de mano de obra bien remunerada.

Aquellos collares que en un principio tomaban casi 3 meses por pieza, ahora están terminados en 5 días, generando empleos y ayudando a que el aguayo y los demás elementos de la cultura boliviana, no pierdan su milenario legado cultural y ancestral.