La mal amada

Mercedes Bluske Moscoso

Mercedes Bluske Moscoso

Son las 6 de la mañana y Rocío ya se levantó de la cama para ir al colegio.

Con el pelo aún mojado se para frente al espejo, agarra la toalla y desempaña el vidrio para poder ver su rostro. Rocío sonríe mientras las gotas que resbalan de su larga cabellera van mojando la camisa de su uniforme, sin que a ella parezca importarle.

Rocío se pasa un poco de vaselina por los labios sosteniendo su propia mirada en el espejo, aun sabiendo que la humedad que le aporta se desvanecerá cuando tome el desayuno  que preparó su madre, pero no le importa; le gusta sentir los labios húmedos y es capaz de repetir la maniobra ochenta veces en un solo día.

  • ¡Me voy al cole!, grita Rocío con la alegría y seguridad que la caracterizan, anunciando a sus padres su partida.
  • Nos vemos al medio día, responde su madre mientras sale de la cocina para darle un beso en la mejilla.

Rocío camina, pero no camina sola. Camina acompañada por la mirada expectante de Joaquín, quien la espera en la esquina para cortejarla hasta la escuela.

  • “Tu falda está muy corta”, dice el joven a modo de saludo
  • “A mí me gusta así”, responde Rocío, quien hasta ese entonces no se había puesto a pensar si el largo de su falda, que apenas dejaba ver su rodilla, era el adecuado o no.

Rocío caminaba en silencio. El comentario de su acompañante le había quitado las ganas de hablar y había logrado borrar la sonrisa que llevaba pintada en los labios y que destellaba acompañada del brillo que siempre tenía puesto

Joaquín no era su novio, pero quería serlo. Era unos años mayor y todas las chicas del colegio estaban locas por él. Ella se sentía afortunada de que se hubiera fijado en ella, aunque a veces sus comentarios la contrariaban y su actitud posesiva la inquietaba.

“Es por que le gustas”, le dicen sus amigas mientras miran al muchacho alejarse por el pasillo del colegio, para dirigirse a su curso.

“Contigo es diferente, por lo menos hace el esfuerzo de no ponerse celoso, aunque algunas veces no puede resistir”, agrega enfática otra compañera.

 

Son las 6 de la mañana y, como siempre, Rocío ya se levantó de la cama. Con el paño de la toalla limpia el vidrio empañado repitiendo su ritual diario. Rocío ya no sonríe. En su rostro hay 50 gramos de maquillaje utilizado para revocar imperfecciones que no existen en su rostro, pero que desde hace un tiempo alguien las creó imaginariamente para ella. Agarra el delineador y traza una línea negra en sus parpados. El brillo natural de sus labios fue reemplazado por un rosa intenso, un tono que está de moda esa temporada.

  • “Adiós”, grita su madre al sentir los pasos de Rocío hacia la puerta. El sonido de la puerta golpeándose es la única respuesta que recibe.

Joaquín, quien ahora es su novio, la espera en la esquina como todos los días. Joaquín es un chico celoso y controlador; le gusta saber dónde está su novia, con quien, que hace, como viste y también pretende disponer de su aspecto físico.

  • Ese es el color que quería ver en tu boca, me encanta cómo te queda. El siguiente paso es cambiar esas camisas que parecen bolsas de papas, por algo más ceñido. Ya es hora que empieces a mostrar esas curvas que me encantan. Mi novia tiene que ser la chica más linda de todas.

Joaquín refuerza sus palabras tomando las manos de Rocío con fuerza y llevándolas hacia sus labios, para besarlas mientras repite: “por eso te amo”.

Una frase cruel acompañada de un gesto fríamente calculado, con el único fin de convencerla de que para amarla, es necesario poseerla.

  • “No me gusta la nueva tú”, le dice Ismael en el patio del colegio, en uno de los pocos momentos en los que Joaquín la deja a solas. “Ya no eres la misma con todo ese maquillaje escondiéndote y con esos nervios que te producen sus miradas y que no puedes esconder de mí, aunque te afanes por esconderlos de los demás”.
  • “Me cela porque me quiere, porque soy importante para él”, contesta Rocío intentando creer sus palabras, pero sin la convicción suficiente como para convencer a alguien que no sea ella misma.
  • “De los celos no puede salir nada bueno. No eres de su propiedad”, responde Ismael mientras la ve partir.

Rocío se aleja de Ismael sin decir nada, no porque se haya aburrido de conversar con él, sino porque la mirada lejana y fría de Joaquín lo dice todo y prefiere evitar un mal rato poniendo en evidencia que su amigo tiene razón. Su novio no la ama, la domina. Y si la ama, menuda forma tiene de demostrarlo.

 

Son las 6 de la mañana y Rocío está frente al espejo como casi todos los días a la misma hora. Con el agua aun cayendo por su cuerpo toma la toalla y desempaña en vidrio.

Rocío llora. Rocío llora ríos, no lágrimas. Ya no ve el rostro dulce y alegre que tenía hasta hace 6 meses atrás. Rocío ya no puede sostener su propia mirada en el espejo porque aunque su reflejo sigue siendo el mismo, ella ya no se ve con los mismos ojos.

Rocío  sale del baño con la ropa interior y la camisa mal abrochada encima. Los ríos corren por sus mejillas hasta llegar a los pucheros de sus labios, mientras con paso lento se acerca a su madre y la abraza sorprendiéndola de espaldas.

  • “¿Por fin me vas a decir qué pasa?”, pregunta su madre, aunque lo hace por mero formalismo. Ella sabe a qué se debe el cambio de actitud de Rocío y siempre lo supo, pero su hija estaba muy embobada y muy cegada como para admitirlo y darle la razón.

Aunque le llevó meses reconocerlo, el problema no era que estaba enamorada, el problema era que estaba siendo mal amada.

La realidad

Las jóvenes que crecen con la idea de que el amor es sacrificio, son más propensas a seguir en relaciones violentas. Un estudio realizado en Bolivia por diferentes instituciones que agrupa la Coordinadora de la Mujer, refleja la siguiente realidad:

– El 30 %  de los jóvenes cree que una mujer debe perdonar todo a su pareja, incluso las faltas graves.

–  un 43 % cree que los insultos son inevitables en una pelea de pareja.

-El 21 % de los jóvenes piensa que las mujeres deben vestirse como sus parejas quieren.

– El 60 % de las mujeres víctimas de violencia en Bolivia están entre los 12 a 25 años y muchas de ellas no son conscientes de que son víctimas.