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Ser venezolano

Ser venezolano:
una etiqueta
invisible
pero
imborrable

Autor: Mercedes Bluske Moscoso

26 Septiembre 2020

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Una etiqueta invisible pero imborrable

Edward León Suarez, de 38 años, salió hace dos años de Venezuela con su esposa y dos de sus hijas, dejando atrás a uno de sus retoños que tuvo que permanecer con sus abuelos, porque el dinero no alcanzaba para que pudieran salir todos.

Este 15 de septiembre se cumplieron dos años desde que la familia, aunque incompleta, salió de Venezuela. Desde entonces no ha pasado un día en el que Edward no hubiese trabajado para costear los gastos de su desplazamiento  e intentar ahorrar para sus documentos, bajo la esperanza de poder reunificar a su familia algún día

Edward Ingresó a Bolivia desde Perú el 24 de agosto de 2019 por un paso ilegal que llevaba a la ciudad de La Paz, pues no contaba con los documentos ni el dinero que le exigían para ingresar al país de forma regular. A los pocos meses juntó lo suficiente  para llegar a Tarija desde donde pretendía cruzar a Paraguay, pero la pandemia alteró sus planes.

Aunque asegura que la gente en la ciudad ha sido en su mayoría amable, explica que aún hay quienes les tienen miedo o los “etiquetan” por el simple hecho de ser venezolanos.

“Les ofrecemos golosinas y nos quieren humillar o nos dicen que volvamos a nuestro país . Otros, apenas nos ven, nos suben el vidrio o nos ignoran: como si no existiéramos”, dice sobre las reacciones que, en algunos casos, genera su presencia en las calles.

Los estereotipos que se les atribuyen han dificultado su trayecto e inclusive la posibilidad de proveer un techo para su familia.

“Nosotros vivimos en el barrio Pedro Antonio Flores”, continúa, “fue el único lugar donde me quisieron recibir; las otras  personas que uno llamaba o iba a ver, nos decían que no querían a venezolanos o nos ponían la excusa de que ya estaba ocupado”, agrega.

En las oficinas migratorias de la ciudad, circulan los mismos estereotipos que en las calles. Edward asegura que cuando los llevan en los “controles” les dicen que deben abandonar la ciudad sin darles mayores explicaciones o alternativas; como si fueran delincuentes. Cansado de la situación y de la “humillación” por parte de las autoridades tanto como en las calles, Edward, junto a su esposa y sus dos hijas, emprendió camino a Pisiga el 10 de septiembre, para cruzar a Chile. Un par de mochilas en su espalda y sus sueños, son todo su equipaje.

Madre, hija y una nueva familia con acento caribeño

Aunque como Edward, muchos han guardado sus sueños en una mochila en busca de un nuevo destino en el que materializar sus sueños, otros han decidido hacer de Bolivia su nueva patria y de sus habitantes su familia, aunque los prejuicios siguen siendo una etiqueta invisible, pero que pesa.

“Apóyanos con una bendición para comer con mis hijas”, dice el texto inmerso en este letrero que cubre parte del cuerpo de la mujer que se ubica en la esquina de las calles O’Connor y 15 de Abril del barrio Fátima de la ciudad de Tarija.

El semáforo se pone en rojo y ella se acerca con las manos ocupadas: en una sostiene una pancarta con la tricolor venezolana y en la otra una bolsa de dulces.  En sus reiterados intentos abriga la esperanza de recibir algunas monedas a cambio de un par de pastillas, pero no pasa nada. Nadie abre su ventanilla. Mal día.

La mujer repite los mismos pasos como si fueran una coreografía sin obtener los resultados deseados. Esta dispuesta a ejecutar la maniobra mil veces, aún sabiendo que nadie le comprará. Es como si fuera invisible. Tan invisible como lo fue Edward.

Este no es el caso de  Mónica y su hija Wara. Ellas  no pueden ignorar las miradas de esas personas que les ofrecen un caramelo o un chocolate en la calle.

Según la Dirección de Migraciones, son 12 los migrantes venezolanos que llegan semanalmente a la ciudad de Tarija. Aunque la mayoría está de paso, otros se quedan. 

2019 fue uno de los años más complejos para los ciudadanos venezolanos  en el sur del país. Más de 240 venezolanos fueron expulsados por mes de las fronteras bolivianas en el departamento de Tarija.

“¡Qué haces aquí vago, anda a sacar plata a tu país!”, son frases que aseguran escuchar en la calle.

“No puedo entender en qué cabeza cabe decirles esto”, dice Mónica Vega Noriega, sobre este tipo de tratos de los que fue testigo “varias veces”.

Mónica consiguió trabajo para  tres jóvenes venezolanos y logró ubicar en otros empleos ocasionales a un migrante que es electricista. “Hace un excelente trabajo”, resalta.

La mujer vio de cerca esas historias y fue testigo del sufrimiento que los aqueja en la lucha diaria.

Diariamente, cada uno de esos chicos debe conseguir por lo menos Bs. 50 para el hotel, sin contar los gastos de alimentación. Contemplando sus necesidades, necesitan cerca de Bs. 80 al día para cubrir sus gastos, dejando en segundo plano la capacidad de ahorrar para lo trámites que necesitan para legalizar su situación. Cada mes necesitan un estimado de Bs. 2400 al mes, en un país en el que el salario mínimo es de Bs. 2122.

Además, para alquilar un cuarto uno de los requisitos es la presentación de un garante. “¿De dónde van a conseguir si no tienen parientes aquí?”, cuestiona Mónica.

Generalmente, las puertas están cerradas para los migrantes venezolanos, quienes pese a estar con niños que no tienen un techo fijo dónde dormir, no logran ablandar a los dueños de hostales ni a los propietarios de departamentos en alquiler o anticrético.

“Lo cierto es que todas mis vivencias con ellos han sido maravillosas”, acota Wara Salazar Vega, hija de Mónica, quien tampoco ha podido ignorar esas miradas en las calles.

Josué, Freddy, Angélica, Carlos, Raiza, Moisés y sus niños, son nombres  que forman parte de las vidas de Mónica, Wara y su familia. Lejos de las frías estadísticas migratorias, cada uno de esos nombres, más que un número, es una historia.

A diferencia del estigma en la calle, Wara asegura que los ciudadanos venezolanos que conoció en Tarija tienen una “calidez humana increíble” y “una sonrisa en la cara” pese a las circunstancias.

“Mamá”. Así le dicen los jóvenes venezolanos a Mónica, la mujer que les dio cobijo cuando la mayoría de las miradas en la ciudad de Tarija les eran esquivas o prejuiciosas.

“Son personas hermosas,  no hacen más que buscar una oportunidad fuera de su país, ¿por qué no darles una?”, cuestiona Wara.

Wara cuenta a Verdad con Tinta que vio en Facebook publicaciones “despectivas”, llenas de “odio” contra los migrantes venezolanos.  “¡No entiendo el motivo!”, se lamenta con un cambio brusco en su entonación.

Entre los migrantes venezolanos que se encuentran en las calles tarijeñas hay ingenieros, docentes y enfermeros, que no son tomados en cuenta por una sociedad ávida por profesionales en diferentes áreas, como es el caso de la salud.

En el libro “Crear o Morir”, el periodista argentino Andrés Oppenheimer resalta que las sociedades más avanzadas del mundo supieron abrir sus puertas para captar el mejor talento de diferentes culturas a favor de su desarrollo. Este no es el caso de Tarija.

Wara no entiende cómo es “desperdiciado” el talento de los profesionales venezolanos que llegan a la ciudad de Tarija,  quienes buscan oportunidades en medio de una sociedad cuyo único argumento para rechazarlos, son los prejuicios.

“Muchos ya se fueron”, se lamenta Mónica mirando hacia la puerta de cristal de su tienda, recorriendo con sus ojos los recuerdos que le dejaron aquellos chicos que en esas cuatro paredes le demostraron que el cariño no conoce de fronteras y que, con agradecimiento, decidieron llamarla “mamá”.

Insultos, malos tratos,  y amenazas policiales, terminan de ser el golpe que los lleva lejos de esta ciudad, rumbo a la frontera, en busca de aquel sueño perdido que quizás encuentren más al sur… Ellas y sus familiares aseguran que seguirán luchando contra ese estigma.

El despertar con sabor a chocolate

Mientras él permanecía con los ojos cerrados en un largo letargo, su rostro, su nombre y su historia, circulaban por las calles de la ciudad de Tarija como el fuego a través de la pólvora.

Devin Abreu Martínez tenía 19 años cuando decidió salir Venezuela. En aquel entonces él estudiaba Contaduría Pública, pero la crítica situación generó paros y  protestas entre otros momentos conflictivos en la universidad, haciendo su aprendizaje insostenible. “Era un caos total”, se limita a decir, pues da por sentado que todos saben lo que pasa en su país.

Devin en las calles de Tarija, donde espera concretar su sueño de convertirse en contador.

“Tomé la decisión solo porque mi familia estaba pasando hambre”, explica Devin mientras cuenta que su padre había sufrido un accidente y estaba mal de una de las piernas. Saber que su padre no podría salir dolía…pero el hambre dolía más.

Con una mochila a cuestas, tomó la ruta que toman la mayoría de los migrantes venezolanos; primero Colombia, luego Ecuador. Tras un trabajo fugaz en Quito, siguió su ruta por el sur.

Devin llegó a la capital peruana, Lima, donde se alojó en un cuarto junto a otros amigos suyos de la universidad, y rápidamente consiguió trabajo.

Las cosas empezaban a funcionar para él cuando aquellos amigos que le habían ayudado en Perú decidieron cambiar el rumbo con destino a Bolivia, por lo que Devin se quedó solo bajo el cielo gris de Lima, lejos del clima caribeño y de esos amigos que se habían convertido en su familia en aquellos años de éxodo.

“Me sentía solo, por eso –mis amigos- me dijeron que me viniera”, cuenta sus motivaciones para dejar aquel trabajo  estable y seguir el camino hacia el corazón de Sudamérica; cada vez más alejado de su  Caracas natal.

Con la mochila en la espada llegó a la altura de La Paz, pero su principal problema en esos primeros días no fue la falta de oxígeno, sino de abrigo.

Cuando entró a una tienda para comprar un suéter, recibió uno de los primeros golpes de realidad que le esperaba en Bolivia.

“¡Vas a comprar o no!”, le gritó la dueña de una tienda de ropa mientras él miraba un abrigo. Devin cuenta que lo sacaron del lugar simplemente por tener la etiqueta de “venezolano”. Aquel no era un lugar al que pudiera llamar hogar.

 Su andar por Bolivia fue largo. La Paz, Oruro, Cochabamba, Potosí y Tarija, fue la ruta que siguió en el interior.

El 14 de agosto cumplió un  año en la ciudad de Tarija, donde asegura que fue donde más cómodo se sintió, tanto por el trato de la gente como por el clima. Pero no todo fue color de rosa.

Empezó a ganarse la vida vendiendo dulces en los buses gracias a una vendedora del Mercado Central  que le empezó a dar pequeñas cantidades de caramelos y chocolates, con el fin de ayudarlo a ganarse unos centavos.

“Los trabajos que tomé en Ecuador, Perú y Bolivia nunca los había realizado antes, en todos fui principiante”, revela el joven que luce una camiseta blanca, jeans, botas, barbijo naranja y una mochila; siempre prolijo. 

El hecho de estar limpios, les juega “a veces en contra”, acota Mónica Vega, al indicar que la percepción de los bolivianos de las personas de escasos recursos es diferente. “Nos hicimos a la idea de que una persona humilde debe estar sucia”, explica.

La realidad es que la mayoría de los migrantes venezolanos llevan consigo dos tandas de ropa en sus mochilas, pero siempre tratan de tener sus prendas limpias. Este detalle, para cierto grupo de personas, es malinterpretado, llevando a que los tilden de “vagos”.

“Quería ser contador, pero mi sueño se arruinó por la crisis de mi país”, explica. Sus ilusiones aún viven consigo en un espacio reservado en su cabeza para una vieja amiga: la esperanza.

Tras un tiempo en la ciudad, consiguió trabajo en una churrasquería como mesero, pero un desafortunado accidente daría un vuelco a su vida.

Tras un breve paso por el hotel El Alemán, ubicado en la zona del Mercado Campesino, llegó a una casa en el barrio Lourdes donde se alojaba un compatriota que le había hecho espacio.

La dueña de casa había permitido que se quedara, pero no podían entrar más venezolanos: esa era la condición.

Sin embargo, apareció un día otro amigo que pedía apoyo para no pasar la noche en la calle. “No tenía dónde dormir, se me partió el alma”, relata.

La propietaria de la casa, cumpliendo su promesa, no permitió que ingrese, entonces, Devin, a escondidas, trató de ayudarlo a que suba al segundo piso desde la calle. Le lanzó una manta y no resultó, así que se balanceó él mismo estirando su brazo, pero la fuerza de su amigo lo superó… lo abalanzó al precipicio, cayendo al suelo lado de cabeza.

Devin fue llevado de emergencia al hospital San Juan de Dios donde estuvo en coma por más de dos meses.

“Fue un proceso muy duro, pero créeme que ahora estoy más fuerte”, dice al mirar fijo a los ojos de quien lo entrevista.

Sin familiares, sin dinero y sumido en un sueño profundo, llegó en la ambulancia al hospital con un “hematoma en la parte sutural del hueso temporal”.

Sus amigos venezolanos se fueron congregando en las afueras del hospital,  desde donde uno de ellos logró comunicarse con sus familiares en Caracas.

La familia utilizó los ahorros para pagar los pasajes de su hermano mayor y enviarlo hasta la ciudad de Tarija con el fin de acompañar a Devin en todo momento.

Fue un largo coma, casi sin esperanzas de vida. El coste de los remedios como de las intervenciones era altísimo; inalcanzable para las escasas ganancias de sus amigos que apenas tenían lo justo para dormir y comer.

Aparecieron las latitas y voluntarias tarijeñas que se adhirieron a la campaña para colectar recursos, mientras esperaban un milagro.

El milagro ocurrió. Devin despertó después de dos meses y se encontró con la sonrisa de sus amigos y de personas que se habían sumado a su causa sin conocerlo.

“Vi una factura de Bs 151 150 de Farmacorp de puro medicamentos, un historial de todo”, dice con la voz temblorosa…y de pronto se quiebra en llanto.

“¡Guau!”, dice con una débil voz entre sollozos.

Resalta el apoyo de su hermano, que lo acompañó hasta el último momento, a sus amigos migrantes y a esas personas que aún sin conocerlo, se sumaron a la campaña. “Gracias a esos granitos de arena…aquí la estoy contando”, dice al momento de erguir la cabeza y limpiarse las lágrimas.

Más calmado, Devin gira lentamente y muestra la hendidura que tiene en la parte derecha de su cabeza, aún es necesario que le coloquen una placa, pero hay que pagarla.

Mónica Vega es una de las personas que le ayuda con los medicamentos, pues aún sufre fuertes dolores de cabeza y no puede agacharse porque le  genera ataques o convulsiones. Requiere con urgencia esa última intervención quirúrgica.

“Gracias a Dios he conocido a la señora Mónica que me ha tendido su mano como a un hijo, y acá estoy”, dice entre lágrimas.

El joven, ya de 23 años, volvió a la venta de chocolates en los micros. “¡Vete para tu país, qué vienes a robar!”, le dijo uno de esos días un pasajero. “Calladito me quedé”, asegura.

Pero no todos sostienen la misma actitud. En el mismo micro, unas mujeres mandaron a callar a ese hombre y al mismo tiempo le compraron chocolates.

Su hermano, después de apoyarlo, decidió quedarse en Tarija, pues se enamoró de una joven de esta ciudad con la que ahora convive, demostrando una vez más que el amor no conoce de fronteras. Él trabaja en un taller junto a su suegro.  “A todos nos meten en un mismo saco y no está bien”, agrega Devin sobre su experiencia en las calles bolivianas. Aunque no ha sido fácil, el joven busca un futuro en el sur del país, mientras conserva intacto su sueño de ser contador. Un sueño que espera hacer realizar en el país de la tricolor.

Así es como percibe la sociedad tarijeña a los migrantes

Un estudio realizado por el Centro de Información Empresarial y Planificación Estratégica— CIEPLANE— y la revista Verdad con Tinta, denominado “Creencias y actitudes de los tarijeños respecto a los venezolanos y venezolanas”, da cuenta de la percepción local hacia los migrantes venezolanos.

El 81% -de 350 encuestados- aseguran haber visto a migrantes venezolanos en las calles de la ciudad. A su vez, el 44,6% cree que son entre 500 y 1000, los migrantes venezolanos que llegaron a la ciudad, basados en su propia percepción.

El 37% desconfía de ellos  y el 27% cree que aumentaron la delincuencia en la ciudad, sin embargo, el 33% cree que son buenas personas que abandonaron su país para salvar a sus familias.

El sondeo evidencia poca aceptación por parte de los ciudadanos de Tarija, dado que el 53,74% de los encuenstados coinciden en que las autoridades deben realizar estrictos controles del número de venezolanos y venezolabas que ingresan al país.

A continuación, te presentamos los resultados de la encuesta.

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