[avatar user=»Mercedes Bluske» size=»thumbnail» align=»left» /]
[avatar user=»Jesus Vargas» size=»thumbnail» align=»left» /]
Mercedes Bluske Moscoso y Jesús Vargas Villena
Hace 29 años el Papa Juan Pablo II llegaba a Tarija bajo la mirada expectante de miles de fieles que lo recibían en el aeropuerto Oriel Leaplaza, entonando a viva voz: “el Papa polaco, ahora es chapaco”.
Parece ser que Tarija tiene esa virtud de adoptar a aquellos nacidos en otras tierras, como hijos propios. El caso de Monseñor Javier del Río, no es la excepción. El obispo español, también llegó a Tarija para convertirse en un autentico chapaco.
Con 11 años a la cabeza de la iglesia tarijeña, el obispo nacido en la ciudad de Palencia, España, supo hacer suyas las tradiciones y costumbres locales.
Su nombramiento como obispo fue tan repentino y sorpresivo para su familia, como su decisión de venir a Bolivia, hace 25 años atrás.
Todo empezó la navidad de 2005, cuando el entonces padre Javier, se encontraba en España en su visita anual a sus familiares. Aunque su madre había fallecido años antes, su promesa de retornar a casa año tras año desde que se mudó a Bolivia, seguía firme. Aquel año no fue diferente a los anteriores.
Sin embargo Dios, la vida, el destino, o como quieran llamarlo, habían dispuesto que aquella navidad sería inolvidable y que un gran secreto sería revelado a Javier.
Aún era de día cuando el padre Javier recibió una sorpresiva llamada por medio de la nunciatura de su Palencia natal.
“Cuando hablé con el nuncio”, cuenta Monseñor, me dijo que el Santo Padre Benedicto XVI me había nombrado obispo de Tarija y que tenía que escribir una carta diciendo que aceptaba el nombramiento y demás. “Yo me quedé tieso”, dice mientras replica la cara de sorpresa que puso en aquel entonces.
Sus sentimiento de dicha y confusión estaban a niveles jamás vistos y necesitaba contárselo a alguien. Sin embargo, tras anunciar la buena nueva, el nuncio continuó: “No puede decir nada hasta que el nombramiento se haga público, porque es secreto pontificio”.

El escenario era el propicio para dar una buena noticia: era navidad, la familia estaba reunida y era un tiempo de amor; pero aún así, Javier no podía decir ni una sola palabra al respecto. Ya de por sí la noticia era difícil de digerir, pero el tener que guardar el secreto, la hacía aún más difícil. Además, por aquel entonces el sacerdote estaba pensando volver a Palencia, para poder regresar a su diócesis con una edad indicada para poder trabajar para su iglesia, y no volver ya de jubilado. Los planes de Dios, como diría él, eran otros.
“Fíjate que eso fue como el veinte y tantos de diciembre y me dicen que el nombramiento se haría público el 10 de enero. Entonces yo tuve que adelantar el viaje de regreso, porque tenía que estar aquí, narra el actual obispo de Tarija.
“Tuve que estar engañándoles de mala manera, diciéndoles que mi viaje se había adelantado, porque no podía contarles nada”, agrega entre risas, recordando aquel momento que le causó tanta dicha y felicidad.
Pese a que su felicidad era infinita, una profunda tristeza invadía su corazón al recordar a su madre, quien lo había apoyado en la decisión de partir hacia Bolivia, pero quien ya no estaba presente físicamente, para compartir con él aquella noticia de su nombramiento. Su vínculo era muy estrecho y su ausencia se hacía sentir.
Javier tenía que sacudir el dolor y cumplir con las formalidades correspondientes: hacer llamadas y responder a través de una carta al Santo Padre.
Su hermana pequeña y un amigo cura se encontraban en su casa, pero no les podía decir nada; pero al mismo tiempo necesitaba hablar por teléfono y escribir la carta. Entonces decidió ir a la casa de Artemio, un sacerdote amigo que vivió mucho tiempo en Tarija con él.
“Artemio, te nombro mi confesor”. Fueron las palabras de Javier cuando su amigo abrió la puerta; pues al confesor se le puede decir todo, porque tiene la obligación de guardar el secreto de confesión. Con el secreto de confesión de por medio, Artemio ayudó a Javier a cumplir con sus deberes y armar el viaje de retorno a Bolivia.
Sin embargo, en su casa las sospechas se hacían cada vez más grandes. “Yo tengo dos hermanos mayores y los dos son policías. Mis hermanos Rafael y Antonio me decían: Javier, déjate de tonterías, porque somos policías y nuestro trabajo es enterarnos de las cosas”, cuenta Monseñor dejando escapar una estruendosa carcajada.
Los tiempos se cumplieron y en un abrir y cerrar de ojos, Monseñor no sólo fue posicionado en 10 de enero de 2006, sino que ya cumplió 11 años a la cabeza de la iglesia tarijeña.
Fue el Cardenal Julio Terrazas quien lo ordenó como Obispo en la Catedral de Tarija, convirtiéndose así en el primer obispo en ser ordenado en la Iglesia Matriz. Los primeros dos obispos llegaron a Tarija ya con el título de obispo y los siguientes, Abel Costas y Ademar Esquivel, habían sido ordenados en otras iglesias.
Mirando atrás, sólo quedan los recuerdos y las huellas que fue dejando a lo largo del camino.
Tras pasar 13 años en Santa Cruz, Monseñor confiesa que se había vuelto muy camba. “Pero me vine a Tarija y me hice chapaco”, asegura con orgullo. “Y me hice chaqueño, porque hay que decirlo todo”, agrega levantando el dedo índice hacia el cielo.
Por su gente y su clima bondadoso, el obispo describe a Tarija como “el paraíso original”.
Ya sea con un saice, un picante de pollo, una sopa de maní, o algún plato típico de su país, España, los citadinos como la gente del campo le demuestran su cariño de la forma que mejor saben los chapacos; a través de la comida y un buen vino.
“Uno viene aquí y se siente muy a gusto como sacerdote y como obispo. Se siente muy entrañado en todo.”
Pero al margen de la gente, el clima y la buena gastronomía, la religiosidad popular de la gente es otra de las cosas que hizo que el obispo se encantara con Tarija.
Las fiestas religiosas de Chaguaya y San Roque, son descritas por él como “fenómenos de fe impresionantes”.
En ese sentido su labor fue relativamente fácil, pues para fomentar y cultivar esta expresión religiosa que sale del corazón de la gente, no hace falta hacer una invitación ni propaganda.
“Para la peregrinación de los jóvenes, nadie les dice una palabra, ellos saben que es su día, agarran su mochila, se juntan y se van a caminar hasta Chaguaya”. Monseñor asegura que es impresionante ver a 50 mil jóvenes en la gran marcha. Eso sin contar las peregrinaciones de los demás días.
Otro factor que resalta, es el hecho que Chaguaya es una expresión de fe muy sana, sin bebidas, sin folclore. Estos factores la hacen única, comparada con fiestas similares en otras ciudades de Bolivia.
“Estos chicos se ponen a caminar, sabiendo que allá no hay música, ni folclore ni nada de nada. No hay fiesta, no hay bebida. Ellos van a ver a la virgen, se confiesan, pero eso es todo”, dice exponiendo con orgullo las motivaciones de la fe chapaca.
El obispo de origen palentino, asegura que muchas veces le pidieron permiso para llevar una banda y bailar para la virgen, pero él con respeto les dijo que si se empiezan a introducir ese tipo de elementos, se perdería lo más genuino y autentico de Chaguaya.
Este movimiento de fe popular, sumado a las labores de catequesis y charlas de los sacerdotes, ayudaron a que el obispo Javier pudiera ordenar a 17 sacerdotes nuevos, pese al notable descenso de vocaciones religiosas a nivel mundial.
“En Palencia antes se ordenaban muchos sacerdotes, ahora apenas uno o dos”, dice a modo de ejemplificar la gran labor realizada por la iglesia en Tarija.
El obispo hizo tan suyas las tradiciones y costumbres locales, que pareciera que se ha convertido en el único tarijeño nacido en tierras extranjeras. Tras 11 años en Tarija, sólo le faltó aprender a hablar cantado, pero su paso por Tarija quedará plasmado en los libros de la historia y en los corazones de la iglesia tarijeña.