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El desafío de la vida a 3.500 metros sobre el nivel del mar

En las zonas más altas del departamento de Tarija, en los municipios de Yunchará y El Puente, los pobladores luchan contra la sequía para dar vida a los cultivos y al ganado que los alimenta. Mientras más alto, más duro golpea la pobreza.

-“No ponga mi nombre, no me gusta que sepan quien soy”, dice el hombre de entrada edad a la periodista.

Sin saber nada de periodismo, su instinto lo lleva a ampararse en el secreto de la fuente. Su nombre probablemente es lo único que puede esconder aquel hombre de mirada franca, cuyas manos ajadas reflejan lo duro del trabajo en aquella tierra un tanto hostil.

-“¿Qué nombre le pongo?”, respondo con una sonrisa y con la misma espontaneidad con la que él habla; esa espontaneidad de los viejos amigos que se acaban de conocer.

-“Ya vamos a ver”, dice mientras entra a su casa a buscar a su hijo para que sea parte del recorrido que haremos durante esa jornada, entre Iscayachi, Papachara y Tajzara.

Tan solo diez minutos antes de aquel breve diálogo, el hombre era un extraño. Me había acercado para preguntarle si conocía a alguna familia de agricultores que pudiera contarme un poco sobre su trabajo y las condiciones que tenían en la zona para labrar la tierra o alimentar su ganado. 

Aquel domingo de mayo de 2018, su generosidad y su aparente exceso de tiempo libre, habían sido la combinación perfecta para que decidiera ofrecerse como guía de aquella improvisada aventura, con un simple: “yo”, a modo de respuesta.

-“Póngame Jacinto, como mi compadre”, dice mientras sube a la parte de atrás de la camioneta para indicarnos el trayecto junto a su hijo; un tímido joven de unos diecisiete años.

La primera parada fue la presa El Molino. La presa es una importante obra civil de la zona y hasta se constituye en un atractivo para los visitantes, pues los pequeños buses y automóviles particulares, pasan por ahí disminuyendo la velocidad para poder verla. Otros, un tanto más curiosos, no dudad en bajar y caminar por la pasarela para tomar unas cuantas fotos.

Según los comunarios, entre los que se encuentra el autodenominado Jacinto, si bien la presa fue útil para muchas familias, muchas otras no se beneficiaron en nada, pues el agua sirve para el riego de los terrenos que se encuentran en las partes más bajas. Es decir, de la represa para abajo, pues por gravedad, el agua va bajando. Las zonas más altas, que son las que menos agua de lluvia reciben, tampoco  pueden hacer uso del agua que emana de aquella presa.

La presa El Molino.

Por su parte, el agua sólo llega a los lotes que están al margen derecho, el lado izquierdo tampoco se beneficia, porque está al otro lado, que es un poco más alto. “Si usted ve el paisaje nomás, se da cuenta, porque todo este lado está verdecito y el otro está seco”, acota el hombre que hace las veces de guía, señalando los áridos cerros que hacen las veces de cantera para las construcciones de la zona.

Manzanilla, papa y ajo, son los principales productos de la zona. En las partes con más agua, se distinguen claramente los ramos amarillos que van formándose en las plantaciones, pero en otras partes, el agua dificulta la labor de los campesinos, quienes en los años malos, no tienen suficientes productos como para vender en los centros de abasto de la ciudad, viéndose obligados a pasar a una economía de subsistencia, al trueque o a migrar.

Luego de esa explicación, Jacinto nos invitó a dar un vistazo al atajado con el que su familia riega los cultivos. El atajado colecta la poca agua de lluvia, rocío y el agua que proviene de los manantiales. El agua de lluvia, es la de menor porcentaje.

“Allá llueve 300 milímetros al año”, explicó en una entrevista previa un ingeniero de la organización Protección Medioambiente Tarija- PROMETA-, “para que se imaginen la cantidad de agua que eso representa, es como si llenáramos con 30 centímetros de agua una pecera de un metro de largo por un metro de ancho”.El agua es escasa.

El atajado que provee de agua a los cultivos de Jacinto.

“Nosotros utilizamos el agua de este atajado para regar nuestro pequeño campo”, explica Jacinto mientras agrega que debe caminar casi una hora de ida para abrir la llave y una hora de regreso para cerrarla… todos los días.

El problema de los atajados, es que muchos de los canales de riego aún son de tierra, no de hormigón, por lo que en el trayecto una buena parte del agua se insume en la tierra, mientras que otra porción se evapora. Esto hace que el 45% del agua, aproximadamente, sea desperdiciada.

Jacinto asegura que el riego por goteo sería la mejor forma de riego, para evitar el desperdicio de agua, sin embargo, no cuentan con los recursos ni la tecnología necesarios. “En Tarija lo usan algunos campesinos”, agrega con asombro e inocencia el hombre que ronda los 50 años, aunque las líneas de su rostro no se condicen con el número de sus años. Las largas jordanas trabajando la tierra bajo el sol del altiplano, hicieron de las suyas.

“Camino a Tajzara hay varias comunidades fantasma”, dice  Jacinto empañando el vidrio con su aliento, mientras observa el paisaje a través de la ventana. “Mucha gente se fue, somos cada vez menos”, asegura.

Las duras condiciones de trabajo a causa de la falta de agua y las inclemencias del clima, hacen que el trabajo agrícola sea una ruleta rusa en la que el que pierde, se va. Cuando el año es malo y la gente pierde el poco dinero que tiene, en sus cultivos, no les queda más que migrar a la ciudad para buscar trabajo en lo que sea.

Otros, que se rehúsan a dejar su tierra, migran temporalmente a Argentina, donde trabajan en plantaciones ajenas y en condiciones inhumanas, para poder ahorrar algo de dinero y regresar la temporada siguiente al altiplano Tarijeño para labrar una tierra ingrata, pero propia.

Los candados se apropian de decenas de casitas de adobe dispersas a lo largo y ancho del paisaje. Algunas ya se cayeron, se nota que están abandonadas hace tiempo. Otras siguen en pie y se nota que fueron habitadas hasta hace poco.

Su cara se retuerce al pasar frente a las viviendas deshabitadas. A él también lo indispone el miedo, le cuesta digerir la realidad de la migración.

“Yo no quiero irme”, asegura, “por eso me levanto a las seis de la mañana para ir a regar mis ajos”.

Jacinto tiene tres hijos, todos van a la escuela de Iscayachi. El mayor ayuda en el cultivo por las tardes y los fines de semana, pero los domingos, como aquel día, lo pasan en familia, cuando la cosecha se lo permite. “La cosecha no tiene día no hora, cuando toca, toca” asegura.

“Agua”, responde respecto a qué necesitan para hacer prosperar aquella tierra que puede llegar a ser árida como el desierto. “Agua hasta más arriba”, recalca.

Jacinto está convencido de que hay que fomentar más el trabajo agrícola, pues la ciudad necesita a los campesinos para alimentarse, y los campesinos necesitan esos ingresos para continuar con su vida en los cultivos.

“Yo no me quiero ir, en la ciudad no vamos a entrar todos”, agrega entre risas, pero desnudando una verdad.

Mercedes Bluske Moscoso

Mercedes Bluske

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