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Enfermera boliviana relata su experiencia atendiendo a pacientes con COVID-19 en Nueva York

Vive hace 10 años en Estados Unidos y hace tres semanas se trasladó a Nueva York, una de las ciudades más afectadas por el virus en ese país, para combatirlo en primera línea

Tiene 28 años y nació en Tarija, aunque hace 10 años se mudó a Estados Unidos, donde actualmente radica y formó su propia familia.

De sus atributos característicos podemos decir que es poseedora de unos ojos dulces, una amplia sonrisa y un corazón generoso. Pero sin duda alguna, quienes conocen a Andrea Alfandre, dirían que la descripción se queda corta, sobretodo en el último punto.

Andrea ejerce la enfermería desde hace poco más de cuatro años, y su trabajo se ha centrado especialmente en el área de cuidados intensivos, en la que tiene una especialidad. 

“Trabajaba especialmente en cuidados intensivos para adultos”, agrega respecto al área en la que desempeñó su profesión a lo largo de los años en algunos hospitales y centros médicos.

Su profesión ,en plena lucha contra el coronavirus, resulta esencial para atender a los pacientes más críticos afectados por la enfermedad.

Andrea reconoce que cuando hace algunas semanas empezaron a agudizarse los contagios de COVID-19 en Estados Unidos, empezó a tener una lucha interna, pues sabía que en otros Estados la gente estaba muriendo por falta de atención. Sin embargo, la sola idea de enfrentarse cara a cara con el virus y la muerte, la atemorizaba.

“Me enteré que en Nueva York necesitaban más enfermeras porque una amiga con la que trabajaba antes me mandó un texto con esta información”, continúa Andrea, “te estoy hablando de hace seis semanas, cuando estaba en pleno auge”, dice refiriéndose al coronavirus.

“Estás loca, yo no me quiero ir a morir”, fueron las palabras que  lanzó Andrea de forma impulsiva a su colega, pero luego la idea empezó a rondar en su cabeza, especialmente porque aquella compañera se había trasladado a Nueva York y constantemente le informaba sobre lo crítica que era la situación en la Gran Manzana.

“Era una decisión grande porque no solo me afectaba a mí, sino también a mi esposo”, continúa, “pero lo hablamos, lo considerábamos y él fue muy comprensivo”, asegura.

Andrea es una persona religiosa y cuenta que oraba mucho para tomar una decisión certera.

Luego de varias jornadas de conversaciones internas con Dios, finalmente decidió anotarse al programa de reclutamiento de personal médico de la empresa Krucial Staffing, y dejar que Él le diera una respuesta espontánea.

Krucial Staffing es una empresa que se dedica a reclutar personal clínico y no clínico, para atender centros médicos especialmente en situaciones de crisis, como desastres naturales y actualmente, la pandemia.

El procedimiento era más o menos simple. La compañía anunciaba cada ciertos días el cupo  que tenían para desplazamiento de personal médico a través en sus redes sociales, luego habilitaban un número de contacto para llamar y anotarse al programa hasta que los espacios se agotaban.

Andrea cuenta que en los primeros dos lanzamientos no logró conseguir un cupo, pero decidió intentar una última vez antes de darse por vencida. “Si no salía era por algo”, cuenta con esa paz que solo la espiritualidad transmite. El tercer intento llegó con una clara señal para la joven: había sido aceptada y debía empacar.

La compañía le anunció un lunes que había sido admitida y tres días después, Andrea ya estaba en Nueva York con una pequeña maleta llena de pijamas de enfermera, esperanza y temores, por partes iguales.

El jueves 16 de abril dejó su casa en Utah para trasladarse a Nueva York, donde ya se han superado los 177 mil casos, y donde permanece desde entonces atendiendo a los pacientes más críticos de COVID-19 durante cerca de 13 horas al día.

“En el momento que colapsamos el sistema de salud, es cuando nuestras chances de sobrevivir bajan drásticamente”,

Andrea Alfrandre

“Me asignaron a un hospital en el Bronx, que se llama Lincoln Medical and Mental Health Center”, cuenta la boliviana mientras explica que la zona en la que se encuentra el hospital es una de las más golpeadas por el virus en Nueva York, que, a su vez, es una de las ciudades más afectadas de Estados Unidos.

El Bronx es un condado neoyorquino  habitado principalmente por familias migrantes y de mayoría latina. Según información oficial, el 56% de su población es hispana y  la zona tiene un alto índice de pobreza.

“Es un hospital del Estado y de por sí se nota que es  viejo”, dice respecto al centro de salud que, al igual que muchos hospitales de Latinoamérica, se ha visto obligado a adaptar sus instalaciones para el cuidado intensivo de pacientes, tras haber superado la capacidad de sus salas de terapia intensiva.

Con el virus, la realidad de algunas zonas del primer mundo ha mostrado ser como el reflejo de un espejo de los países en vías de desarrollo. El virus no discrimina y los desafíos médicos son los mismos a nivel global.

“Desde que llegué estoy asignada al quinto piso, y solo ahí tenemos como 30 pacientes”, agrega mientras explica que originalmente aquellos ambientes funcionaban como salas de cuidados posnatales, pero  “de la noche a la mañana” tuvieron que sacar a las mamás a otro piso y convertirlo en una planta de cuidados intensivos para coronavirus.

Desde uno de los países más poderosos del mundo, Andrea hace una pausa que se prolonga por el auricular y reflexiona sobre lo dura que es la situación; se le hace difícil imaginar lo que viven los países latinoamericanos en medio de la pandemia debido a la falta de insumos, personal y equipos.

“Vengo de hospitales donde siempre hemos tenido todo lo que necesitamos y aquí me cuesta mucho no tener todo el material”, dice respecto a sueros específicos y otros insumos que suele necesitar para el cuidado de los pacientes, pero que no siempre tiene a mano en su piso, por lo que deben acudir a otras salas para obtenerlos, aunque a veces allí tampoco los encuentra.

En cuanto a medidas de bioseguridad, explica que tienen todo lo que necesitan y hace especial hincapié en lo importante que es aquello para realizar su trabajo tranquila.

Su vestuario diario está compuesto por su pijama de enfermera, al que encima agrega otro de un material similar al papel, luego una bata plástica y una máscara con filtro N95 a la que protege con una máscara quirúrgica encima. Sus ojos están cubiertos con antiparras o, en su caso, protectores faciales, debido a que utiliza anteojos.

“Cada que entramos a los cuartos tenemos otra bata de plástico más delgada que debemos cambiarnos cuando entramos o salimos”, agrega respecto a las medidas de bioseguridad que, si bien son efectivas, también hacen mella en la salud del personal médico. “Con todo el equipo hace mucho calor y un par de veces me descompuse por ello”, confiesa.

Al margen de los mareos, en las imágenes se puede ver cómo las máscaras han dejado  una huella en su piel tras las largas jornadas en el hospital. Por encima de la piel llagada de sus mejillas aparecen unos ojos cansados, pero que no dejan de irradiar esperanza.

Andrea muestra las heridas que produce el prolongado uso de los protectores en su rostro.

Vivir entre la muerte

19415 personas han fallecido en Nueva York a causa del virus. La vida y la muerte se miran a la cara todos los días y libran una guerra en la que los hospitales se han convertido en el campo de batalla y el personal médico en los guerreros de primera línea.

“Lo que yo he visto, es que la mayoría de los pacientes de mi piso son mayores; tienen entre 50 y 70 años”, cuenta Andrea sobre los casos más críticos que llegan a su sala.

“Tengo muchos pacientes latinos, asiáticos y de África”, dice corroborando la fuerte presencia migrante del Bronx.

También resalta que la mayoría de ellos tienen hipertensión, obesidad o alguna otra complicación de salud previa al virus, algo que ya se sabía gracias a los estudios de los grupos de riesgo publicados en los últimos meses por diferentes organizaciones de la salud. “Tengo dos pacientes en sus treintas, pero ellos también tenían otras enfermedades”, acota.

Andrea asegura que cerca del 90% de los pacientes en cuidados intensivos están entubados a causa de diferentes problemas respiratorios. “Las principales complicaciones que he visto son: neumonía y síndrome de distrés respiratorio agudo”, dice.

Sin embargo, agrega que otro síntoma muy característico del virus en pacientes críticos, es la formación de coágulos en la sangre, los que pueden provocar embolias, ataques cardiacos o complicaciones renales, que pueden llevar a la muerte.

“El virus sí da miedo, pero siento que junto con eso, lo que me da más temor es el colapso del sistema de salud”, se sincera la joven enfermera, quien explica que aunque en los últimos días la situación ha mejorado, cuando empezó a trabajar hace un par de semanas durante el pico de la pandemia, no tenían los recursos necesarios; especialmente recursos humanos.

“Siento que los pacientes no están muriendo tanto por el coronavirus, sino porque no se hacen las cosas que debemos hacer”.

A modo de ejemplo, Andrea relata que mientras un paciente entubado y sedado debe ser movido cada dos horas,  ante la falta de personal el proceso se realiza en lapsos mayores, lo que deriva en otras complicaciones, como heridas en el coxis que se pueden infectar provocando una septicemia.

“Siento que se mueren por complicaciones del coronavirus que podrían ser prevenidas”, repite nuevamente, enfatizando que todo esto es producto de los contagios masivos y del colapso de la capacidad del sistema sanitario.

Fruto de esta realidad, enfermeras que en condiciones normales deberían cuidar solo a dos pacientes, se han visto en la necesidad de triplicar su trabajo y atender seis o más enfermos críticos en la sala de cuidados intensivos.

En los 20 días que lleva en el hospital Lincoln Medical Center, solo dos pacientes fueron dados de alta y tres fueron extubados, evidenciando el lento y complejo proceso de recuperación.

“En el momento que colapsamos el sistema de salud, es cuando nuestras chances de sobrevivir bajan drásticamente”, dice de forma pausada desde el otro lado del continente, mientras recupera fuerzas en su día libre, para luego continuar con otras 10 (o más) largas jornadas de 13 horas cada una.

 Pese a la adversidad, Andrea reconoce un espíritu de ayuda y positivismo en el personal médico; una actitud que ayuda tanto a pacientes como al personal en esta batalla. “Nadie puede hacer esto solo. Ni los pacientes ni el equipo médico”, asegura.

Andrea cuenta que en medio de sus momentos de ansiedad, pensar que sus padres están en Bolivia, y que alguien hará lo mismo por ellos, la motiva a continuar en Nueva York, donde permanecerá en primera línea hasta cerca del 30 de mayo.

Mercedes Bluske Moscoso

Mercedes Bluske

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