“Hay un fusilado que vive”. Con esa frase empieza la primera novela de no ficción en español, escrita por el periodista argentino Rodolfo Walsh, en la que expone los fusilamientos clandestinos que tuvieron lugar durante la dictadura militar de Pedro Eugenio Aramburu, en 1956.
Casi una veintena de años después, Carlos Decker Molina, al igual que el protagonista de Operación Masacre, se convertiría en un muerto que vive en el periodo de la dictadura de Hugo Banzer Suarez, donde lo dieron por muerto en dos oportunidades, experiencias que quedaron plasmadas en su obra literaria.
Carlos Decker Molina nació en Oruro en 1939, el año de la Guerra Fría, cuando Bolivia atravesaba un contexto político convulso que influiría profundamente en su destino, ya en su vida adulta.
“Era la Guerra Fría y había izquierda o derecha. Los que estábamos en alguno de estos segmentos en esta guerra mundial, salimos al exilio”, recuerda por videollamada desde su casa en Estocolmo, donde radica desde 1976, cuando llegó exiliado.
“A mi me dieron por muerto. Dijeron que había salido a defender un arsenal que tenía en mi casa y que había sido abatido. Oficialmente yo estaba muerto, pero esta noticia la escuché en la embajada argentina”, recuerda.
La segunda vez que Decker sería “fusilado” fue en Argentina, donde lo secuestraron y llevaron a la denominada cárcel Modelo, donde simularon su fusilamiento con balas de fogueo, con el objetivo de darle un susto antes de su liberación. “Me desmayé y me oriné en los pantalones”, relata Decker, el muerto que vive, esbozando una cálida sonrisa que se abre pasos entre las marcas que el tiempo ha dejado en su piel, así como en su memoria.
En 1971, cuando era director de Radio Universidad de Oruro, tuvo que salir de Bolivia en medio del Golpe de Estado, buscando refugio primero en Argentina, para luego pasar a Chile, Francia y finalmente instalarse en Suecia, donde vive desde 1976.
Aquel peregrinaje no solo le permitiría reinventarse en su profesión, trabajando como periodista internacional, corresponsal y escritor, además de cubrir conflictos armados y procesos políticos complejos, especialmente en Medio Oriente. Todas aquellas esperiencias – incluidas sus dos muertes– se convertirían en materia prima para su obra literaria, en la que confluyen el testimonio, la memoria y la ficción.
A más de 50 años de esos días, y con una obra literaria que lo posiciona entre los autores más destacados de la literatura boliviana, Decker busca abrir más puertas para los escritores bolivanos.
“Antes de ser periodista, yo quería ser escritor. Mi madre decía que me iba a morir de hambre, pero esa semilla quedó sembrada en mí”, dice sobre los inicios de su relación con la literatura. Fue así que al jubilarse de la radio, escribió su primer libro, “Sobrevivientes del siglo XX”, siendo el primero de una carrera exitosa en la literatura.
Ahora, busca que la literatura boliviana trascienda fronteras. “Esta idea nace porque hay un colectivo boliviano en España, que está dirigido por Ángela Hurtado y Asteria Reyes. Ellas organizan cada año un encuentro de escritores bolivianos que viven en Europa y en el evento se presentan libros, seminarios, lanzamientos. Es decir, se promociona la literatura boliviana, pero es una literatura afuerina, porque yo, como boliviano, hay un montón de cosas que no conozco”.
“Esta literatura que está surgiendo en Europa junta tus experiencias en tu país y las del país en el que vives, y salen unas novelas muy interesantes”, asegura Decker.
“¿Qué falta para que Bolivia pueda tener más difusión?”, se cuestiona el escritor boliviano, para quien la respuesta está en más apoyo del Estado al sector cultural, con los agregados culturales jugando un papel fundamental no solo para captar fondos, sino para generar nexos y oportunidades a favor de los escritores bolivianos, como también para otros artistas.
¿Priorizará el nuevo Gobierno la cultura? Sólo el tiempo dará la respuesta.


