Por: Natalia Ruiz
En Bolivia el desplazamiento del campo a la ciudad, ya sea de forma temporal o definitiva, es un fenómeno recurrente. La travesía de miles de jóvenes no comienza con la vida adulta a los 18 años, sino antes, durante su niñez.
Esta experiencia temprana no es aislada. Según datos de Unicef, en Bolivia 1 de cada 10 menores (niñas, niños y adolescentes) realiza alguna actividad laboral, una situación más frecuente en las áreas rurales. Esto significa que el trabajo infantil no solo responde a una necesidad económica, sino que también actúa como un motor que impulsa el desplazamiento desde edades tempranas. Aunque se busca erradicar esta práctica para proteger los derechos de la infancia y cumplir con los acuerdos internacionales, las condiciones de pobreza en el país dificultan su eliminación.
Por este motivo, menores de entre 10 y 17 años trabajan en sus propias comunidades o se desplazan hacia otras con fines laborales. Generando una migración circular, provocando que cientos de niños y niñas se familiaricen íntimamente con el proceso migratorio desde sus primeros años de vida.
Al alcanzar la etapa del bachillerato surgen múltiples interrogantes: ¿Qué hago ahora?, ¿me quedo o me voy?, ¿trabajo o estudio? Miles de jóvenes se enfrentan a la necesidad de elegir entre diversas opciones que marcarán el inicio de su vida adulta. Dentro de este grupo se encuentran las mujeres jóvenes que migran desde distintas provincias de Cochabamba hacia la ciudad para continuar con sus estudios universitarios, enfrentando desafíos económicos, sociales y emocionales.
Fabiana es una joven cochabambina que migró del municipio de Aiquile a la ciudad de Cochabamba debido a una limitada malla curricular en su lugar de origen. “En Aiquile es muy común que migren, ya sea a Cochabamba, Santa Cruz o Sucre. Esto se debe principalmente a que en Aiquile hay más que todo institutos técnicos”, asegura.
La educación a nivel superior en Cochabamba se concentra principalmente en Cercado, Sacaba y Quillacollo, mientras que regiones del Valle Bajo y Cono Sur, entre otras, tienen menor acceso a universidades. Esta situación motiva a que jóvenes como Fabiana decidan migrar al eje central de Cochabamba en busca de una licenciatura.
Un estudio realizado por la Fundación Tierra en agosto de 2023 refleja las brechas que aún existen en los municipios rurales, donde los habitantes sufren escasez de servicios públicos, caminos adecuados, energía eléctrica, agua potable, educación y salud.
A pesar del crecimiento demográfico de municipios en Cochabamba como Aiquile, Punata o Sipe Sipe, todavía existe un fuerte prejuicio por la población metropolitana respecto a los habitantes de estas regiones, lo que genera discriminación, según relata Fabiana. “Existen muchos prejuicios con las personas del municipio, escuchaba comentarios racistas. Te pueden decir pueblerino”, relata.
Otra razón que se relaciona con las motivaciones de migrar es la poca accesibilidad a internet en la mayoría de los municipios de Cochabamba.
“En la pandemia tuve que volver al campo pero no entendía nada, no había guía, no había señal, ni crédito. Estuve a punto de dejar la universidad porque no podía estudiar así, no entendía”, relata Rebeca.
Tras la pandemia de covid-19 y gracias a testimonios como el de Rebeca, una joven de Aiquile que migró a Cercado para estudiar en la universidad, se evidenció la falta de acceso y la brecha digital entre el eje central y el área rural.
Solamente el 4,5% del área rural en Bolivia cuenta con acceso a internet fijo, limitando actividades educativas o de trabajo en línea.
¿Qué es ser mujer migrante?
Para las mujeres jóvenes, migrar no solo significa enfrentar dificultades sociales, digitales y económicas, sino que implica convivir con el miedo.
“Sientes peligro en las noches, tengo que ir corriendo a la parada del trufi y sientes ansiedad. Me siento más segura en Punata; Cochabamba es muy sofocante y más insegura, peor siendo mujercitas”, cuenta Mireya.
Mireya es una joven del municipio de Punata que, al igual que Fabiana, tomó la decisión de estudiar en Cochabamba debido a la poca oferta académica. Ella estudia la carrera de Comunicación Social y asegura que el miedo y la inseguridad forman parte de su día como mujer.
Como otras mujeres jóvenes, enfrenta una movilidad marcada por las desigualdades de género.
“Las mujeres siempre tenemos esa desventaja, sientes ese miedo, pero me sé cuidar. Salía a las nueve de la noche de mis clases y compartía mi ubicación con otras compañeras”, relata.
En la actualidad la migración femenina no sólo aumentó, sino que también se convirtió en agentes activos de movilidad, como muestra el estudio de María José Magliano sobre mujeres bolivianas que migraron a Córdoba, Argentina, en busca de su propio proceso migratorio. Sin embargo, el ser mujer migrante implica sentirse insegura en las calles, en el transporte público e incluso en la universidad.
La migración de mujeres jóvenes no solo implica enfrentar los desafíos propios del desplazamiento geográfico, sino también evidenciar las profundas desigualdades estructurales relacionadas con la seguridad y la violencia de género en Bolivia.
Según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), siete de cada diez mujeres en el país han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida, una realidad que puede agravarse en el caso de las jóvenes migrantes que viven solas o lejos de sus familias.
A pesar de los múltiples obstáculos en el camino de las jóvenes migrantes, completar la universidad representa un triunfo y un gran motivo de orgullo. Este logro les permite ampliar sus oportunidades laborales y convertirse en un ejemplo para sus familias y comunidades.
Sus voces reflejan el éxito de este duro trayecto: “acabar la universidad me abrió las puertas”, “me siento muy orgullosa por donde llegué” y “era un sueño poder demostrar todo lo que mi mamá me ha dado en vida”. “No sé cómo llegué aquí”.
* Este contenido fue elaborado en el marco del proceso de capacitación y mentoría “Narrativas Diversas 2.0”, orientado a promover la igualdad de género y la inclusión a través del periodismo constructivo, con el apoyo de la Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ) GmbH, en articulación con la DW Akademie y en el contexto del proyecto ProIgualdad.
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