Las páginas no se leen: se atraviesan. Con una mezcla de sutileza y ansiedad, uno avanza por ese territorio que parece íntimo —casi secreto—, pero que en realidad es un campo de batalla, un lugar donde la palabra respira entre invasiones, erupciones y fracturas. Sin embargo, después de cada combate queda algo tendido, vulnerable, casi intacto: una forma de ternura, una insistencia obstinada en la empatía, en el otro, como una aparición —casi un Krishna entre humo escénico— que no desaparece, sino que anuncia que todo esto recién comienza. Ese epílogo tiene nombre propio: Miguel “Milan” Gonzáles Rodríguez, una figura que no se deja encasillar porque habita, al mismo tiempo, la herida y la caricia.
Milan es periodista, poeta, músico, diseñador, cineasta, fotógrafo, gestor cultural y tallerista boliviano que reside en Alemania. Sus trabajos son presentados en español, inglés, francés y alemán.
Son las cuatro de la tarde y el tiempo —como siempre en su historia— no espera, se desliza con la misma urgencia con la que Milan ha transitado sus 25 años como gestor cultural. En el hall de la Casa de la Cultura las sillas se acomodan, los cuerpos se ordenan, las miradas se reconocen y anticipan el acto, pero antes del reconocimiento formal hay otra ceremonia, más silenciosa y profunda: recorrer su memoria. Hablar con Milan no es una entrevista, es una semblanza viva, una entrada a un relato que no se deja fijar, que muta con cada palabra y que arrastra consigo escenas, voces y geografías.
La conversación se abre como uno de sus libros y de inmediato aparecen las «penumbras», ese taller de poesía en el hospital psiquiátrico Gregorio Pacheco de Sucre donde la cordura deja de ser un límite claro. Ahí, en ese borde difuso, Milan decide escribir con otros, no sobre ellos, rompiendo —como él mismo sugiere— ese fractal incómodo entre la razón y la locura, en un vals donde conviven la ternura, la crítica y una pregunta persistente: ¿quién define realmente a los “locos”?
En ese espacio emerge Hugo Montero, poeta e interno abandonado a sus veinte años, pero dueño de una voz que no pidió permiso para existir.

Milan lo recuerda sin solemnidad, pero con una gravedad que se siente en el aire, como si cada palabra tuviera peso propio. Hubo un día en que Hugo fue trasladado en ambulancia hasta un auditorio en Sucre, acompañado por enfermeras, médicos y protocolos en un acto improbable que terminó siendo profundamente justo: devolverle a un poeta su lugar en el mundo. Hugo ya no está, pero Milan lo sostiene en la memoria, lo rescata en una antología del año 2004 publicada por su entonces editorial Ajayu’ Publisher, donde lo devuelve al lenguaje, y en ese gesto —rescatar, tejer e insistir— se revela una constante que atraviesa toda su trayectoria.
Caminamos entre recuerdos que se desplazan como estaciones de una misma biografía: Santiago de Chile, cárceles, talleres, encuentros, y en ese tránsito nace Faith A.M., un proyecto donde la poesía y el periodismo dejan de ser narración para convertirse en pulso, en vibración y en cuerpo.
Todo empieza con un hallazgo mínimo; se encuentra con el disco Neruda Electrónico; de ahí le sigue una construcción deliberada: reunir músicos, DJ, poetas, mezclar lenguajes y hacer dialogar a El Cantar de los Cantares, que es uno de los libros del Tanaj o la Biblia hebrea. Este trabajo se hace con sintetizadores e insiste hasta que la mezcla improbable se convierta en identidad.
Dos décadas después, el proyecto no solo persiste, sino que se transforma, viaja y se expande, demostrando que en el universo de Milan la poesía nunca permanece quieta.

Su obra Ultramar: Ubersee. Versos escogidos 2000–2025 se presenta como una travesía más que como un libro, un mapa emocional que cruza el autoexilio, la fe, el dolor y el porvenir. Escribe en español, inglés y alemán como quien cruza fronteras sin pedir permiso, utilizando el lenguaje, no para adornar, sino para cortar la realidad, interrogarla y exponerla.
Sus poemas han sido leídos en cárceles, psiquiátricos, zonas de guerra, espacios donde la palabra no suele llegar a tiempo, y sin embargo llega, no para consolar, sino para incomodar, para sacudir, para recordar que la poesía también puede ser una forma de resistencia.

Las imágenes que acompañan su recorrido no construyen una postal, sino un archivo de heridas: niños en el Cerro Rico de Potosí, proyectos que sostienen guarderías olvidadas, comunidades en frontera, talleres en cárceles como Palmasola de Santa Cruz o en contextos aún más extremos donde escribir se vuelve un acto de supervivencia. Luego Ucrania: un tren, soldados jóvenes, una periodista asesinada, chalecos antibalas cosidos por voluntarios y niños que reciben libros antes de huir sin saber si regresarán. Milan no observa desde lejos, se involucra, permanece y en esa decisión su periodismo se vuelve presencia, una forma de estar donde la historia duele.

En medio de todo, hay una constante que no se quiebra: la necesidad de abrir espacios, de sostenerlos, de insistir en que la cultura no es un lujo, sino una forma de resistencia cotidiana. Durante 25 años, Milan no ha construido una carrera en el sentido convencional; ha realizado puentes, conexiones improbables entre disciplinas, personas y mundos que rara vez se tocan, haciendo de su trayectoria una red viva más que una línea recta.
De pronto, todo aterriza. La luz de un reflector corta el aire y se posa sobre el escenario, el acto comienza, las voces de presentación se entrelazan, los nombres circulan, y la Casa de la Cultura de Tarija se convierte en un espacio cargado de memoria. En aquel acto efectuado en enero de 2026 se reconoce a Floyd’s, esa librería que fue refugio y punto de encuentro para la música, la lectura y la vida, y luego las luces descienden como si prepararan un rito, porque en el centro aparece Milan sosteniendo el micrófono, no como un objeto, sino como una extensión de su voz.

Lo que sigue no es una lectura, es una invocación. Poemas de Faith A.M. atraviesan el espacio entre humo y sonido, mientras la escena se arma con precisión casi ritual, y entre las composiciones hay una que se queda —inevitablemente— conmigo: Poema I (Moondo). Vibra con una intensidad que no se explica, que se siente, que arrastra hacia adentro y obliga a pensar en la vida, en la muerte, en el amor, en la enfermedad, en todo lo que nos atraviesa sin orden ni permiso. Detrás, el humo; a los lados, manos que sostienen el momento; al centro, Milan cruzando idiomas como quien camaleónicamente cambia de piel.
Aplaudo y en ese gesto comprendo que he estado viajando por sus 25 años sin notarlo, que su historia no se narra de forma lineal, sino que se experimenta, se atraviesa y se respira. La noche cae, las despedidas son rápidas, casi fugaces, y Milan vuelve al tránsito, al aeropuerto, a ese movimiento constante que parece definirlo. Sin embargo, algo permanece, una vibración, un eco, una forma de presencia que no se disuelve.
De camino a casa, el sonido de una turbina rompe el silencio y por un instante levanto la mirada, como si pudiera verlo cruzar el cielo rumbo a otro territorio. Respiro y entiendo que no estaba observando, estaba leyendo, habitando uno de sus poemas. Entonces todo encaja con una claridad extraña y definitiva: es eso —me repito—, ahí está la clave, el pulso, la ruta. Vuelvo con prisa, casi con urgencia, hacia la computadora, con la certeza de que no queda otra opción que escribir, porque hay historias que no se pueden guardar, solo se pueden atravesar y decir.
Taza para cumplir sueños


