Por Lipsy Aramayo y Gabriela Alfred
Lágrimas, desesperación e impotencia. El fuego arrasó el año 2024 con 10,1 millones de hectáreas en Bolivia, de ese total, 5,8 millones corresponden a cobertura boscosa, que en mayor proporción se encuentran en los departamentos de Beni y Santa Cruz, según el reporte de la fundación Tierra. El Gobierno nacional a través del Centro de Monitoreo Contra Incendios lanza otros números en su informe, más bajos, pero igual alarmantes: 6,9 millones de hectáreas afectadas. El dolor y la desesperación es la misma.
Cientos de personas fueron afectadas en sus comunidades y millones en las ciudades por el humo que fue copando el cielo, el que otrora en Santa Cruz se hiciese nombrar como el «más puro de América».
5 historias desde adentro, nos desgranan el impacto del fuego.
1: El fuego como aliado y enemigo
Desde el primer destello que iluminó la noche en una cueva hasta la chispa descontrolada que devora hectáreas enteras, el fuego ha recorrido un largo camino al lado de la humanidad. Hace alrededor de medio millón de años, cuando nuestros ancestros descubrieron cómo controlar y mantener el fuego, no solo consiguieron luz y calor, también encontraron protección frente a las bestias salvajes, alimento cocido que facilitó la digestión y más tiempo para pensar, para imaginar, para soñar con civilizaciones.
Con el tiempo, el fuego pasó a ser un aliado indispensable. Nos permitió dominar los metales, crear herramientas, abrir terrenos para la agricultura y moldear paisajes enteros según nuestras necesidades. Sin fuego, no habría ciudades ni culturas complejas. Pero esta alianza histórica empezó a fracturarse cuando dejamos de entender al fuego como un compañero que debe ser respetado y empezamos a tratarlo como una herramienta subordinada a nuestra codicia y cortoplacismo.
«El problema no es el fuego, el problema es cómo lo usamos y cómo dejamos que se descontrole por intereses particulares», explica Eugenio Moreno, guardaparques en San Matías en el departamento de Santa Cruz. Su experiencia de años enfrentando incendios, y sobre todo el del último año, le ha enseñado que detrás del fuego está casi siempre la mano humana: chaqueos ilegales, desmontes no regulados, falta de prevención.

Leonel Ábrego, bombero municipal en Roboré, coincide plenamente. «La mayoría de incendios son causados por el chaqueo descontrolado y las multas son tan bajas que la gente prefiere pagarlas antes que prevenir. No ven al fuego como peligroso hasta que es demasiado tarde».
En contraste con este enfoque destructivo, algunas comunidades indígenas y campesinas han conservado una visión del fuego que integra sabiduría ancestral con técnicas modernas. Comunidades indígenas y locales destacan. «Para nosotros, el fuego siempre fue un amigo que nos ayudaba a limpiar la tierra de manera cuidadosa. Sabíamos cuándo quemar, cómo quemar, cómo evitar daños al bosque y a nuestros cultivos. Pero esto se pierde con la llegada de gente de afuera, que solo quiere producir rápido y ganar dinero».
Esta pérdida del conocimiento tradicional ha tenido consecuencias devastadoras. Los incendios actuales, exacerbados por la sequía y el cambio climático, queman con una intensidad inédita. En Ñembi Guasu, zona especialmente vulnerable por su vegetación seca, los incendios se han convertido en una amenaza recurrente. Odisver Casunari, líder de la brigada comunal en Chochís, lo resume con claridad. «Antes podíamos anticiparnos, ahora el fuego viene cada vez más fuerte y más seguido».
La humanidad enfrenta ahora un desafío profundo: reaprender el respeto hacia el fuego, recuperar el equilibrio que alguna vez tuvimos y volver a convertirlo en un aliado que cuida y no en un enemigo que arrasa. Ana María Tomiza, secretaria de turismo y delegada de bomberos en la comunidad de Motacucito en el municipio cruceño de Puerto Suárez, lo expresa con esperanza. «El fuego siempre ha estado ahí. No se trata de eliminarlo, sino de aprender nuevamente a convivir con él, desde el respeto y la sabiduría de nuestros ancestros».
2: El Gran Paisaje en llamas – ecosistemas, fuego y resiliencia
Cuando hablamos de incendios forestales, no hablamos de un fuego único. Cada territorio tiene su propio rostro ante el fuego: algunos bosques se recuperan rápido, otros, simplemente, desaparecen para siempre. Comprender estas diferencias es fundamental para proteger estos territorios únicos que componen el Gran Paisaje Chaco-Pantanal.

Ñembi Guasu: el bosque que resiste
En Ñembi Guasu, el fuego ha sido un visitante frecuente, pero gracias a una organización local ejemplar liderada por el Gobierno Autónomo Guaraní, organizaciones, guardaparques y brigadistas capacitados, se ha logrado contener sus peores impactos. Esta área protegida, reconocida como símbolo de autonomía indígena, ha demostrado que una buena organización local marca la diferencia entre devastación y resiliencia.
Folker Taceo, quien ha acompañado directamente las acciones en Ñembi Guasu como jefe de protección del área, explica que se encuentran organizados. «Cualquier situación se atiende rápidamente, aunque algunas veces, debido al viento, vegetación y sequía, los incendios se salen de control».
Él enfatiza la importancia estratégica de identificar áreas específicas de control y otras de propagación. «Entre Taperas y Naranjo está nuestra zona crítica. Si el fuego pasa hacia el sur, combatirlo es casi imposible por lo inaccesible del terreno».
El guardaparque guaraní Joaquín Barrientos también refuerza cómo la preparación previa es clave. «Estamos capacitados para actuar rápido, sabemos cómo manejar el fuego técnicamente, tenemos nuestras líneas negras y puntos estratégicos, así evitamos que el fuego avance hacia nuestra área protegida».
Organismos no gubernamentales como Naturaleza, Tierra y Vida (Nativa) y la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) brindaron capacitaciones y equipamiento a las cuadrillas comunitarias. «Este año fue duro, pero aprendimos mucho desde 2019. Creamos líneas de defensa, hicimos quemas controladas, y, aunque el fuego llegó, logramos controlarlo antes de perderlo todo», resalta Folker.
Sin embargo, Ñembi Guasu sigue siendo un territorio vulnerable. Las condiciones climáticas extremas y las acciones humanas continúan amenazando su estabilidad ecológica. Por ello, los guardaparques y las comunidades indígenas mantienen una alerta constante, sabiendo que cada temporada puede ser un nuevo desafío.
Esta área de conservación es reconocida como tal desde el año 2019, la cual se encuentra en la provincia Cordillera del departamento de Santa Cruz en el chaco boliviano, cuyo nombre Ñembi Guasu viene del guaraní que traducido al español significa «el gran escondite«.
Otuquis y el Pantanal: cuando el agua ya no apaga el fuego
En el Pantanal boliviano, específicamente en el parque nacional y área natural de manejo integrado Otuquis, el fuego revela su lado más impredecible. Tradicionalmente considerado un ecosistema acuático con resistencia natural al fuego, ahora enfrenta incendios cada vez más frecuentes y agresivos debido a sequías prolongadas. En este ecosistema único, donde la vida florecía alrededor del agua, el fuego se abrió camino con una rapidez insólita.
Walter Méndez Saucedo, director del área protegida Otuquis, explica que las sequías se prolongaron «más que nunca» por el fenómeno de El Niño. Lo que antes eran humedales se convirtió en tierra seca, «combustible puro para el fuego».
Los problemas del Pantanal no se reducen únicamente al clima. Las fronteras juegan un papel decisivo en esta región: Otuquis está ubicado al sureste del departamento de Santa Cruz justo en el límite con Brasil y Paraguay, lo que ha transformado el combate del fuego en un desafío internacional.
Méndez añade con preocupación que la mayoría de los incendios comenzaron en Brasil y Paraguay, cruzando rápidamente hacia Bolivia. «Hay acuerdos binacionales, pero en la práctica no funcionaron. Brasil contaba con helicópteros y aviones a solo minutos de aquí, pero nunca llegaron».
Esta vulnerabilidad fronteriza dejó en evidencia las limitaciones operativas del municipio de Puerto Suárez, del que depende Otuquis. Ilonka Suárez Rocha, quien es directora de Medio Ambiente del municipio de Puerto Suárez, relata cómo se activó el Comité de Operaciones de Emergencia Municipal (COEM).
«En áreas como la Laguna Cáceres era casi imposible entrar por la magnitud de los incendios y la falta de logística adecuada. Dependimos completamente del apoyo local y de voluntarios».
Otuquis, que siempre fue símbolo de biodiversidad y abundancia hídrica, ahora enfrenta un serio riesgo ecológico. El fuego, en ecosistemas normalmente inundados, destruye no solo vegetación, sino también suelos ricos en materia orgánica que tardan décadas en recuperarse.
En Otuquis, los incendios han expuesto la fragilidad estructural con la que se gestiona el territorio y han revelado que el aislamiento del Pantanal ya no es protección suficiente. Walter Méndez concluye que se debe reforzar el trabajo de prevención. «Una vez que el fuego se inicia aquí, prácticamente no hay cómo pararlo sin la ayuda del clima».
Según Méndez eso significa más educación, recursos permanentes y coordinación binacional. «De otro modo, cada temporada será peor que la anterior».
La experiencia de Otuquis y la crisis del Pantanal boliviano evidencian cómo incluso los ecosistemas más resilientes pueden colapsar ante la combinación del fuego, el cambio climático y las presiones humanas. Enfrentar esta creciente vulnerabilidad exige más que apagar llamas: requiere respuestas integrales, alianzas sólidas, prevención estratégica y un conocimiento profundo del comportamiento del fuego en cada ecosistema, según el análisis de los brigadistas y voluntarios.

San Matías: el fuego que surgió desde adentro
San Matías fue la región más afectada por los incendios del último año en el Gran Paisaje Chaco-Pantanal. Allí el fuego no llegó de otros países ni cruzó fronteras distantes: brotó desde adentro, en chacos, pastizales y haciendas locales, extendiéndose rápidamente hacia áreas protegidas cercanas. Esta dinámica interna reveló la vulnerabilidad de un territorio donde la prevención es insuficiente y la logística escasa.
Eugenio Moreno Pehí, guardaparque en San Matías desde hace más de una década, resume cómo el desastre comenzó y se salió rápidamente de control. «En junio, tuvimos un incendio cerca de la comunidad Natividad que pudimos controlar rápido. Pero el 22 de junio detectamos otro foco dentro del área protegida, y ahí todo cambió. Sin vehículos, sin combustible, sin logística suficiente, no pudimos frenarlo a tiempo».
Moreno detalla cómo rápidamente el incendio se volvió incontenible en 2024, avanzando hacia comunidades de la zona norte, arrasando con territorios extensos y delicados ecosistemas. La falta inicial de respuesta hizo que el fuego devastara amplias áreas antes de poder organizar una defensa adecuada. «Cuando finalmente llegaron las brigadas y los recursos, el incendio ya se había expandido por varios kilómetros hacia áreas de difícil acceso, llegando incluso hasta comunidades como Candelaria y zonas del Pantanal brasileño».
El guardaparque acota que la «prioridad absoluta» fue de proteger las islas donde los animales buscaban refugio y las viviendas de palma que eran «extremadamente vulnerables».
En San Matías, las causas principales están ligadas directamente al manejo local del territorio. Eugenio Moreno enfatiza que son principalmente las prácticas humanas, realizadas generalmente sin planificación ni precaución, las que dieron origen al desastre.
«La mayoría de los incendios empezaron en propiedades privadas, por quemas de pastizales cercanas a viviendas o dentro de las haciendas. Estas quemas suelen salirse de control porque no se siguen recomendaciones básicas, como construir líneas de contención o respetar las condiciones climáticas adecuadas».
Además del uso irresponsable del fuego, la falta de prevención estructural y el impacto del cambio climático complicaron todavía más el escenario. Moreno es claro sobre esta realidad preocupante.
«La prevención sigue siendo el gran pendiente. Con el cambio climático, las lluvias ya no llegan cuando las esperamos, y predecir la época de incendios se hace imposible. Necesitamos planes concretos, realistas, que entiendan esta nueva realidad climática».
En San Matías, como en otras áreas del paisaje Chaco-Pantanal, los voluntarios y brigadistas comunales fueron quienes asumieron la carga más pesada. Eugenio Moreno describe cómo, a pesar de las dificultades, la organización local más el apoyo de las comunidades vecinas y organismos no gubernamentales permitieron enfrentar el desastre.
«La cooperación con organizaciones como FAN y Nativa fue fundamental, especialmente en capacitación y dotación de equipos básicos. Las brigadas comunitarias fueron clave, pero necesitan mucho más apoyo para mantener este esfuerzo en el futuro».
San Matías es un pequeño municipio que se encuentra en la zona del Pantanal en la provincia Ángel Sandoval del departamento de Santa Cruz.
El fuego seguirá presente en estos territorios, pero las tragedias solo continuarán mientras la respuesta siga llegando tarde, cuando el daño ya es irreversible.

Roboré: la batalla constante contra el fuego persistente
La reserva municipal del valle de Tucabaca, cerca del municipio de Roboré de la provincia Chiquitos de Santa Cruz, lleva años enfrentando incendios forestales recurrentes. Allí el fuego no es un visitante ocasional, sino un problema constante y complejo. Las comunidades locales, guardaparques y brigadistas se han acostumbrado a una lucha casi permanente contra un fuego que nunca desaparece del todo.
Leonel Ábrego, bombero municipal de Roboré, relata claramente cómo fue la temporada pasada en la zona. «Este año tuvimos focos en San Luis, Chochís, Aguascalientes, Naranjo y San Lorenzo. Hubo un incendio grave cerca de San Lorenzo Nuevo y Viejo en agosto. A los pocos días de apagarlo, volvía a reactivarse por el viento fuerte y el terreno difícil. El fuego aquí no se apaga fácilmente: vuelve una y otra vez».
En sitios como la reserva municipal de vida silvestre Tucavaca, el fuego no solo golpea con insistencia, también lo hace en lugares especialmente complicados por su geografía. Odisver Casunari Cuéllar, comandante de brigada comunal de Chochís, destaca la dificultad que se presenta en algunos territorios. «La topografía en zonas como Naranjos o San Lorenzo complica todo».
Casunari describe que el fuego sube rápido por las laderas y es difícil de alcanzarlo. «Dependemos mucho de quemas controladas preventivas y de líneas de defensa. Esa es la clave: si esperamos a que el incendio comience, la lucha ya está medio perdida».
Tucavaca además se enfrenta a la realidad de una gestión del fuego limitada por la falta de recursos logísticos adecuados. «Muchas personas quieren ayudar, pero simplemente no hay vehículos ni combustible suficiente para movernos rápidamente», acota el comandante de brigada comunal.
Odisver Casunari resalta que las brigadas comunales están bien organizadas, pero no tienen cómo llegar a tiempo.
También se combinan el chaqueo descontrolado con accidentes provocados por actividades humanas cotidianas, como ocurrió con el incendio originado por un bus en la carretera cerca del puente de Yacapiche que afectó en agosto de 2024 a comunidades como Yororobá y Aguascalientes.

El fuego subterráneo: la amenaza invisible en las zonas secas
Existe otra dimensión del fuego, menos visible pero igual o más peligrosa: el fuego subterráneo. Joaquín Barrientos Segundo, guardaparque guaraní de Alto Isoso, conoce bien esta amenaza invisible y constante. «En áreas secas, como la zona de Bañados del Isoso o como vimos en Ñembi Guasu el 2019, cuando el suelo pierde humedad aparecen grietas profundas donde avanza lentamente por debajo de la tierra».
El guardaprque indica que el fuego no se ve siempre, pero está ahí, «esperando condiciones para resurgir con más fuerza».
Esta forma de incendio es particularmente peligrosa porque pasa inadvertida durante días o semanas, propagándose bajo la superficie y generando daños difíciles de cuantificar y remediar. Las quemas subterráneas erosionan el suelo profundamente, afectando su capacidad de regenerarse.
Joaquín Barrientos Segundo, guardaparque indígena, reflexiona sobre la necesidad de entender y enfrentar esta amenaza persistente. «El fuego subterráneo es más difícil de controlar porque destruye el suelo desde adentro, quemando toda la materia orgánica profunda».
El guardaparque agrega que recuperar esa tierra «lleva años». Explica que para restaurarla se necesita un trabajo especial, por ejemplo, plantando especies nativas durante las lluvias, porque llevar agua «es casi imposible en temporada seca».
Este tipo de fuego, además, evidencia cómo las crisis climáticas actuales con sequía extrema y deforestación multiplican el riesgo de que ocurran incendios profundos, complejos de detectar y aún más difíciles de reparar.
Cada uno de estos lugares nos enseña algo crucial sobre nuestra relación con el fuego. No basta con apagar incendios: hay que entender las características únicas de cada paisaje, apoyar su resiliencia y, sobre todo, cooperar para enfrentar una amenaza que ignora fronteras o límites administrativos. El fuego seguirá existiendo, pero somos quienes decidimos qué caminos tomará.

3: Comprender el fuego para combatirlo
Para apagar el fuego, primero hay que entenderlo. El fuego, pese a su aparente simplicidad, es un fenómeno complejo. Entender su comportamiento y naturaleza es el primer paso para controlarlo y reducir su poder destructivo. Como explicaba Jorge Sea, ingeniero forestal responsable de la oficina de Nativa en Roboré, existen tres factores esenciales que definen la intensidad y propagación de un incendio forestal: la topografía, el combustible y las condiciones climáticas.
Topografía: el relieve define la velocidad y dirección del fuego. Áreas inclinadas como serranías permiten que las llamas suban rápidamente, ganando fuerza y dificultad para ser controladas. Leonel Ábrego, bombero municipal de Roboré, ejemplifica este punto desde su experiencia directa. «En lugares como San Lorenzo y la serranía de Tucavaca, el fuego sube rápidamente por las pendientes. Cuando esto ocurre, combatir las llamas es muy difícil, y muchas veces solo queda esperar que las condiciones cambien, porque el terreno es inaccesible».
Combustible: se refiere al material vegetal disponible para arder, incluyendo pastizales, hojas secas y arbustos. En zonas como la Chiquitanía y el Gran Chaco, el combustible se acumula cada año.
Eugenio Moreno Pedí, guardaparque de San Matías, mencionaba también cómo esta acumulación puede ser decisiva. Refiere que la acumulación de material vegetal desde 2021 y la sequía extrema por El Niño, hicieron que este año fuera similar al catastrófico 2019. «El combustible estaba listo para arder«.
Clima: este es un factor decisivo que exacerba o atenúa el fuego. Temperaturas extremas, sequías prolongadas, baja humedad relativa y vientos fuertes son condiciones ideales para incendios devastadores. En este sentido, el fenómeno de El Niño que golpeó en 2024 multiplicó la peligrosidad del fuego, según los informes del Programa Mundial de Alimentos (WFP) y del Servicio Nacional de Metereología e Hidrología (Senamhi).
Estos tres factores son solo una parte del problema, pues comprender su dinámica exige algo más profundo: cambiar nuestra relación con él. El uso de quemas prescritas a tiempo, generando líneas negras cuando termina la época de lluvias, puede controlar el fuego antes de que se convierta en una amenaza, lo que implica educación, planificación y conciencia comunitaria.
Históricamente, en las comunidades indígenas y campesinas, el fuego siempre ha sido un aliado: se lo utilizaba para renovar pasturas y limpiar terrenos agrícolas de forma segura. Con la presión por ampliar tierras agrícolas y ganaderas, estas prácticas tradicionales se desvirtuaron en las últimas dos décadas. El fuego se convirtió en una herramienta barata y rápida, pero destructiva a largo plazo. El chaqueo descontrolado es hoy nuestro mayor enemigo.
La Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT) entrega permisos fácilmente y no hay una supervisión real. En las visitas a estos lugares, se pudo constatar que las personas queman sin miedo a sanciones y ese fuego escapa de control.

La nueva era del fuego ha dado paso también a lo que los expertos denominan “incendios de quinta generación”, que van más allá del clima o el combustible, combinando factores económicos, sociales y políticos. Estos incendios generan eventos extremos, como las tormentas de polvo que complican más la lucha contra las llamas.
El humo, aunque parece un daño secundario frente al fuego, se convierte en un enemigo adicional e invisible. Ana María Tomiza, de la cuadrilla comunal de Motacucito, recuerda el impacto de la humareda que vivieron durante los incendios. «No tuvimos fuego directo en la comunidad, pero la humareda nos hizo daño. Muchas personas tuvieron problemas respiratorios, conjuntivitis, las clases fueron suspendidas y el turismo cayó drásticamente porque nadie quería venir a respirar humo».
Motacucito es una comunidad próxima a Puerto Suárez, capital de la provincia Germán Busch en Santa Cruz.
El humo no solo afecta la salud, también golpea la economía local, el turismo, la agricultura y la ganadería. Es el rostro invisible de una tragedia que afecta a toda la sociedad, incluso donde las llamas no llegan directamente.
Comprender el fuego implica también entender que, aunque la tecnología y las brigadas bien capacitadas son importantes, la prevención sigue siendo la mejor arma. La experiencia de los entrevistados refiere que los incendios forestales no solo se apagan cuando están ardiendo, sino antes: con planificación del territorio, educación ambiental, fortalecimiento de leyes, pero especialmente, revalorización de la sabiduría ancestral del fuego como un elemento natural y necesario.
4: Los guardianes del fuego
El fuego, cuando llega, no avisa. Es veloz, impredecible, devastador. Frente a esta amenaza cotidiana, son brigadistas voluntarios, bomberos municipales y comunidades organizadas quienes plantan cara cada temporada. No tienen grandes presupuestos ni equipos sofisticados, pero sí cuentan con organización, valentía y convicción.

Chochís: voluntarios sin recursos, pero con convicción
En Chochís, un pueblo rodeado por las verdes serranías de Tucavaca en el municipio cruceño de Roboré, la lucha contra los incendios se convirtió en parte de la identidad colectiva. Allí nació la primera brigada comunal de bomberos voluntarios, fundada por Odisver Casunari Cuéllar, quien desde su formación como guardaparque vio la necesidad de proteger su territorio.
«Cuando formamos la primera brigada en Chochís, solo éramos algunos voluntarios y muchas ganas. Hoy somos 23 personas, incluyendo siete mujeres. No recibimos sueldo ni grandes apoyos, pero sabemos que si no estamos organizados, nadie vendrá a salvar nuestro monte».
Chochís no cuenta con vehículos propios para movilizarse rápidamente hacia los focos de incendio y la falta de combustible limita aún más su capacidad de acción inmediata. Pese a ello, su fortaleza radica en el compromiso comunitario, en el entrenamiento constante y en la colaboración colectiva.
«Usamos drones, celulares, aplicaciones para alertar incendios. La tecnología es básica, pero nos ayuda muchísimo. Además, la cooperación comunitaria es fundamental, porque cada voluntario conoce su rol perfectamente». Odisver dice que sin esos elementos, sería «imposible» defender su territorio.
Las mujeres que combaten el fuego
Entre los guardianes del fuego, las mujeres son protagonistas. En Chochís, Peniel, Motacucito y otras comunidades del Gran Paisaje, ellas encabezan tareas esenciales. Ana María Tomiza, delegada de la cuadrilla comunal en Motacucito, muestra la fuerza silenciosa pero decisiva de las mujeres.
Ana María cuenta que en su cuadrilla son ocho voluntarios, entre mujeres y hombres. La voluntaria destaca que las mujeres lideran acciones claves como logística, primeros auxilios y monitoreo. «En terreno, nunca nos quedamos atrás».
En Puerto Suárez, la directora municipal de Medio Ambiente Ilonka Suárez destaca también este liderazgo femenino. «Ellas lideran la gestión del riesgo y del cambio climático en sus comunidades. Sin su participación activa, el impacto del fuego sería todavía peor».
Estas mujeres no solo combaten el fuego: fortalecen el tejido social y ecológico de sus comunidades. Luchan contra los incendios y contra prejuicios, demostrando diariamente que la protección de la naturaleza también es territorio femenino.

Brigadas comunales: la mejor estrategia que nadie financia
A lo largo del Gran Paisaje, las cuadrillas comunales de brigadistas voluntarios se han convertido en la primera y más efectiva defensa contra los incendios. Irónicamente, son también las menos financiadas. La preparación y equipamiento llegan principalmente a través de organismos no gubernamentales, pero rara vez cuentan con apoyo estatal.
Leonel Ábrego, bombero municipal de Roboré, expresa esta paradoja. «Las brigadas comunales están en la primera línea siempre. Son los primeros en llegar y los últimos en irse, pero ni siquiera tienen transporte propio para movilizarse rápidamente. Es increíble la fuerza que tienen, pero necesitan más apoyo para sostener su trabajo».
En lugares como San Matías, el panorama no cambia. El Estado reacciona tarde, mientras los comunarios responden de forma inmediata. Sin apoyo logístico suficiente, sin combustible ni vehículos, las brigadas tienen que ingeniárselas para enfrentar incendios masivos prácticamente a solas.
Incluso en estas condiciones, la organización comunal se sostiene como un factor clave para evitar tragedias mayores. Capacitación anual, equipamiento básico, quemas preventivas, líneas de defensa, grupos de prevención en WhatsApp y drones para monitoreo… Estas estrategias, modestas pero efectivas, surgen desde abajo, desde la necesidad de defender un territorio que sienten como suyo.
El ejemplo de estas comunidades es potente y claro. No hay aquí héroes épicos, solo vecinos, mujeres, hombres y jóvenes que eligen voluntariamente proteger su casa, su paisaje, su modo de vida. En palabras sencillas pero rotundas de Odisver Casunari, comandante de Chochís, la defensa de su territorio no cesará.
«Este es nuestro hogar. Nadie vendrá a defenderlo si no somos nosotros y lo vamos a seguir haciendo, aunque nos falten muchas cosas».
Son ellos, los guardianes cotidianos del fuego, quienes, sin grandes discursos ni recursos, marcan la diferencia real. Su convicción, organización y compromiso son la mayor lección que deja cada incendio forestal: el verdadero antídoto contra el fuego descontrolado es una comunidad organizada, empoderada y decidida a proteger su entorno.
5: El vacío del Estado y la fuerza de las alianzas
¿Quién sostiene la lucha contra los incendios? El fuego no respeta burocracia ni fronteras. Sin embargo, quienes deben enfrentarlo sí están limitados por estructuras políticas, administrativas y económicas que rara vez responden a la altura del desafío. En esta batalla desigual, las comunidades organizadas y los organismos no gubernamentales asumen un rol que corresponde al Estado, cuya respuesta, suele llegar tarde.

Una emergencia tardía
El Gobierno nacional declaró recién en septiembre de 2024 la emergencia nacional por incendios, cuando más de 10 millones de hectáreas ya estaban arrasadas. El daño ecológico era irreversible.
Esta demora tiene consecuencias en comunidades que esperan soluciones inmediatas, no declaraciones vacías. Aquí las decisiones tardías cuestan vidas, animales y bosques enteros que no regresan.
La ABT y el chaqueo descontrolado
Mientras el fuego avanza sin control, la ABT otorga permisos para chaqueos agrícolas con poca supervisión. Las personas con las que se pudo hablar en el territorio afectado coinciden en denunciar esta ineficiencia institucional. «La gente prefiere pagar multas porque son mínimas. No tienen miedo de sanciones fuertes. La ABT da permisos sin verificar condiciones reales del terreno. Mientras no cambie esto, el chaqueo descontrolado seguirá alimentando incendios», relatan los comunarios sondeados.
Según reportes oficiales, las multas por chaqueo descontrolado no superan en promedio los 500 dólares, cifra que no representa un incentivo para cambiar prácticas. Esta política permisiva alimenta un ciclo interminable de incendios.

Fronteras de fuego: la falta de cooperación entre municipios y países
El fuego no reconoce límites, pero la gestión de emergencias sí. Una crítica recurrente de actores locales como Ilonka Suárez, directora municipal de Medio Ambiente en Puerto Suárez, es la falta de cooperación internacional y entre municipios.»Cada municipio o país enfrenta sus incendios aislados, cuando el fuego claramente es un problema compartido».
Lo mismo sucede internamente. Leonel Ábrego recuerda un incendio que llegó desde San Matías hasta Roboré, sin cooperación municipal. «Tuvimos que enfrentarlo solos. La coordinación entre municipios prácticamente no existe en emergencias reales».

Las ONG y comunidades que hacen lo que el Estado debería hacer
En ausencia del Estado, son organismos no gubernamentales (ONG) como Nativa y FAN junto con brigadas comunitarias, que asumen el trabajo de prevención, capacitación y combate directo de incendios. Odisver Casunari, comandante voluntario en Chochís, enfatiza este rol. «Todo lo que tenemos viene de las oenegés: equipos, capacitación, celulares para monitorear incendios. Ellos hacen lo que el Estado debería hacer. Sin estas alianzas, nuestra lucha sería imposible».
En Motacucito, Ana María Tomiza refuerza esta idea. «Nuestras capacitaciones vienen del municipio con apoyo de FAN. Sin ese respaldo, simplemente no existiríamos como brigada comunal».
Más dinero para apagar que para prevenir
Una paradoja es que el Estado invierte más en respuesta a incendios que en prevención. Según el reporte oficial de incendios 2024 de la fundación Tierra, la inversión estatal en prevención no supera el 15% del gasto total anual relacionado con fuego. Esto genera una respuesta ineficiente, según el informe, se gastan millones en apagar incendios cuando ya son incontrolables.
Este modelo reactivo no solo es caro e ineficaz, sino que ignora la evidencia técnica y la experiencia acumulada. El caso de Ñembi Guasu demuestra que la prevención y el monitoreo constante funcionan mejor que la respuesta tardía.
El vacío del Estado frente al fuego se evidencia en retrasos, decisiones equivocadas y una política permisiva que favorece el chaqueo descontrolado. Frente a este vacío, surge una fuerza colectiva desde comunidades locales y organizaciones comprometidas que, sin tener obligación formal, asumen el compromiso con la defensa del territorio, pero especialmente de la vida.
Cada incendio nos enseña algo sobre nosotros. El fuego dejó en los últimos diez años en Bolivia cicatrices profundas que no se pueden ignorar: bosques enteros consumidos, humedales secos, animales perdidos y comunidades con crisis recurrentes. En medio de la tragedia también aprendimos algo importante: no basta con apagar llamas; debemos cambiar nuestra manera de relacionarnos con el fuego y el territorio.
Al final, la gran lección del fuego es sencilla, poderosa, y profundamente humana: no elegimos el fuego, pero sí podemos decidir cómo convivir con él.

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