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Verdad con Tinta

“Mataco”, el nombre que no eligieron: narrativas sobre el pueblo weenhayek

Según el Censo 2024, 5588 personas se autoidentifican como weenhayek en Bolivia, de ellas 5410 viven en Tarija y 2839 en el municipio de Villa Montes de la provincia Gran Chaco.

mayo 2, 2026
en Actualidad, Especiales

Lipsy Aramayo y José María Estenssoro 

El weenhayek saca la red para pescar, mientras ella comienza a tejer. La escena queda suspendida entre lo cotidiano y el ritmo del río: la espera no es vacío, sino parte del trabajo que ordena la vida en las orillas del Pilcomayo.

El 6 de julio de 2024, durante el programa televisivo QD Show, un “aro aro” —copla festiva del folclore tarijeño— desató una polémica que trasciende lo anecdótico. La frase, del cantautor Erick Claros, aludió a la mujer weenhayek como «mataca borracha», desencadenando estereotipos sobre dicha nación. La expresión reabrió el debate sobre discriminación, lenguaje y desinformación a nivel nacional.

Los comentarios que generaron el “aro aro” de Erick Claros.

El contenido fue rápidamente difundido en redes sociales y en portales digitales. Mientras algunos usuarios lo cuestionaron, otros lo normalizaron bajo el argumento del “humor”. Sin embargo, comunicadores que han trabajado en documentales sobre la nación weenhayek, como Roberto Balderas, advierten que el uso del término “mataco” es profundamente despectivo y carece de legitimidad, tanto en el plano descriptivo como en el normativo.

Tras la polémica, el entonces concejal municipal de Villa Montes, Simmel Sánchez Ayala, emitió el 11 de julio una declaración pública en la que rechazó el hecho y lo calificó como un acto racista y discriminatorio, trasladando el debate del ámbito mediático al institucional. En su calidad de autoridad y en representación del pueblo weenhayek, su pronunciamiento evidenció que no se trata de un hecho aislado, sino de un problema con implicaciones sociales más amplias.

No es una denominación neutra, sino una etiqueta externa de raíz colonial y con carga peyorativa. Estudios como La vida de los indios (2002) del etnógrafo sueco Erland Nordenskiöld sitúan su uso en el siglo XVIII, cuando agentes externos —colonizadores o pueblos vecinos— nombraban a las poblaciones indígenas sin considerar sus formas de autodenominación. Con el tiempo, estas etiquetas se naturalizaron en el habla cotidiana, sin mayor cuestionamiento sobre su origen ni sus efectos.

La nación indígena weenhayek habita el Gran Chaco, a orillas del río Pilcomayo, en el sur de Bolivia —principalmente en Tarija, entre Yacuiba y Villa Montes— y también en la provincia de Salta, Argentina. Según el último censo de 2024, 5588 personas se autoidentifican como weenhayek en Bolivia, de las que 5410 están en el departamento de Tarija y de esas 2839 en el municipio de Villa Montes.

Comunarios weenhayek reunidos bajo la sombra de un algarrobo donde el territorio y el río se entrelazan en cálido encuentro.

Se distribuyen en diferentes comunidades, entre las más conocidas: Capirendita, Crevaux y Lapachal, organizadas en pequeños asentamientos rurales. Su economía se basa en la pesca, la recolección de miel y la artesanía, en condiciones de acceso limitado al agua potable y a la salud, agravadas por el deterioro ambiental. 

A nivel histórico, el aporte de dicha nación también fue invisibilizado. El investigador Hernán Ruiz señala que durante la Guerra del Chaco (1932-1935), su conocimiento del territorio ha sido clave en la defensa regional, aunque estos hechos permanecen en gran medida fuera del relato oficial.

En reconocimiento, la Ley Departamental 144 de Tarija promulgada en 2016 establece el 4 de agosto como el “Día del Excombatiente Indígena Weenhayek de la Guerra del Chaco”, en homenaje a quienes participaron en la defensa del país.

Se dice que son “flojos” y que la comunidad está “atrasada”

Más allá del episodio puntual, el caso expone un conjunto de narrativas arraigadas en el imaginario local. Una de las más frecuentes es la idea de que el pueblo weenhayek “no trabaja” o es “flojo”. El director del Centro de Estudios Regionales para el Desarrollo en Tarija (Cerdet), Guido Cortez Franco, cuestiona esta afirmación y la vincula a una lectura externa de la realidad.

Conversación con el sociólogo Guido Cortez, director del Cerdet.

«No es que rechacen el trabajo, sino que responden a otra lógica: trabajar lo suficiente para vivir, no para acumular», explica Cortez, al describir las interacciones vinculadas a la actividad pesquera. Esta actividad, añade, implica jornadas exigentes y conocimientos específicos del entorno, lo que contradice la idea de inactividad.

El sociólogo también apunta a los choques culturales como origen de estos prejuicios. “Una cosa es trabajar y otra es que te humillen”, señala, al relatar experiencias en las que miembros de la comunidad abandonaron trabajos ante tratos percibidos como irrespetuosos. Según Cortez, estos desencuentros alimentan generalizaciones que luego se instalan como estigmas.

Una aproximación histórica del sociólogo argentino Alejandro Corrado recoge las vivencias de la nación y menciona la denominación «huenneyei», posteriormente weenhayek, cuya traducción etimológica puede entenderse como «los que son distintos«. Estos planteamientos también se desarrollan en la colección “Tres ensayos de historia Weenhayek/Wichí”, de la antropóloga francesa Isabelle Combès y y el antropólogo argentino Rodrigo Montani.

Más que un nombre propio en sentido estricto, diversos estudios lo interpretan como una expresión calificativa convertida en gentilicio. En esa línea, el antropólogo sueco Jan-Åke Alvarsson plantea que proviene de “w’enhayek wichí” que significa “gente diferente”, con la eliminación de su segunda parte.

Su uso, sin embargo, ha sido variable: en registros lingüísticos aparece como término autónomo y, en ciertos contextos, incluso equiparado con denominaciones externas, lo que evidencia la complejidad y ambigüedad de su significado.

Con el tiempo, el término se ha entendido como una designación genérica e inespecífica, más que un nombre de parentela. Esta idea de diferencia ha influido en interpretaciones que pueden marcar distinciones internas y favorecer generalizaciones a partir de casos aislados.

Otra narrativa frecuente sostiene que estas comunidades están «atrasadas» o no comprenden el tiempo. Sin embargo, Cortez aclara que en décadas pasadas cientos de personas no contaban con registro civil, lo que impedía conocer su edad exacta; una situación vinculada a la histórica ausencia del Estado Plurinacional en la región, más que a una limitación cultural.

En la misma línea, Hernán Ruiz —quien impulsó proyectos de ley con pueblos ribereños a comienzos de los 2000— señala que esta mirada, anclada en parámetros occidentales, responde a una concepción del tiempo basada en el esquema de 24 horas. En contraste, explica que la nación weenhayek organiza su vida cotidiana en función de los ciclos de pesca: salen alrededor de las 18:00 y retornan cerca de las 06:00, lo que evidencia una lógica temporal propia más que una falta de comprensión.

Haape ‘inaamelh weenhayek

Comunarios (weenhayek) en el río Pilcomayo, donde la pesca sostiene la vida y el territorio.

«Nos ven como pobrecitos, pero ese ‘pobrecito’ también piensa, come y sufre», afirma el profesor weenhayek bilingüe Martín Chávez, quien advierte que el problema va más allá de la discriminación. A su juicio, el eje central es la desigualdad y la invisibilización de su pueblo dentro del Estado. Esta mirada asistencialista, según explica, limita el reconocimiento de capacidades y refuerza estereotipos que afectan su posicionamiento social.

Chávez subraya la lengua ‘weenhikye como núcleo identitario: aunque el pueblo weenhayek está reconocido en la Constitución como una nación con idioma propio, su preservación enfrenta riesgos por la falta de políticas sostenidas. “Si no tienes lengua, no tienes cultura”, enfatiza.

El primer alfabeto wichí —en caracteres latinos— fue creado por el misionero sueco anglicano Richard Hunt. Desde la promulgación del Decreto Supremo 25894, el 11 de septiembre de 2000, el weenhayek está registrado entre las lenguas indígenas oficiales de Bolivia.

Desde el interior del pueblo weenhayek, las experiencias cotidianas desmienten los estereotipos. La artesana weenhayek Luisa Retamozo describe su trabajo como una práctica profundamente vinculada a la identidad cultural.

Símbolo de identidad cultural y cosmovisión weenhayek: la bandera de Bolivia en una llica (cartera) tejida por una mujer, mixtura de memoria y conocimiento ancestral.

«Nuestra artesanía es un orgullo, porque difunde, aunque sea un poco de todo lo que somos», describe. Para Retamozo, la producción artesanal no puede entenderse de forma aislada. “Cuando hablamos de la artesanía no podemos dejar de hablar del monte, del agua, del río. En temporada de pesca, la gente deja de tejer para dedicarse completamente a eso”.

Lejos de la imagen de inercia, recuerda que la artesanía ha sido históricamente una fuente de sustento familiar. “Yo veía a mis padres trabajar hasta la madrugada. Con eso comíamos todos los días”, relata.

Actualmente, la demanda ha crecido, impulsando la innovación en diseños y productos. Sin embargo, también revela dificultades estructurales. “Estamos muy abandonados. Cada artesano sale como puede a vender”. Según explica, la falta de apoyo institucional limita las oportunidades de comercialización, y «muchas» ventas se realizan fuera de Villa Montes.

‘Atsiinha

El testimonio de Retamozo también refleja las tensiones en torno al rol de las mujeres dentro de las comunidades. Aunque la mayoría permanece en el ámbito del trabajo doméstico, comienzan a surgir procesos de organización y liderazgo.

Ilustración de mujer weenhayek en el Chaco boliviano.

«Estoy viendo cambios. Hay mujeres que ya se organizan y dicen: ‘mi marido no me va a prohibir’», afirma Luisa. No obstante, reconoce que persisten dinámicas de machismo que restringen su autonomía.

A pesar de ello, destaca avances en la participación femenina en ámbitos organizativos y de formación. “Es un paso importante ver a mujeres indígenas involucrarse en estos procesos”, dice al recordar la participación de colectivos y organizaciones como la Red Departamental Contra la Violencia hacia las Mujeres (Red Cvm), el colectivo Angïru y el Centro de Investigación de la Mujer Campesina de Tarija (Ccimcat) durante su paso por Villa Montes.

Comunidad de Crevaux, en Villa Montes, las mujeres construyendo saberes y vida en colectividad.

La periodista Sonia Rivero, en su programa en Radio Herencia de Villa Montes, aporta elementos para comprender la estructura orgánica del pueblo weenhayek. La Organización de Capitanías Weenhayek de Tarija (Orcaweta), con estatutos vigentes desde 1994, se organiza en 13 carteras elegidas por usos y costumbres en asambleas de capitanes comunales, e integra instancias como la capitanía grande y el Consejo de Ancianos.

No obstante, de sus 280 comunidades, apenas un 10% cuenta con capitanas y, hasta la fecha, ninguna mujer ha accedido a la capitanía grande, lo que evidencia las barreras persistentes en la participación femenina dentro de su estructura organizativa.

‘Noohanhthih tewok

Iniciativas como la página “Weenhayek Wet Wichí” en Facebook, administrada por el comunicador weenhayek Fabián Cortez, buscan tender un puente entre los comunarios y quienes desean conocer a la nación indígena. Desde ese espacio surgen miradas que revalorizan su identidad y promueven el uso de la tecnología como herramienta de difusión y fortalecimiento cultural.

Aunque persisten prejuicios, los weenhayek enfrentan también amenazas concretas a su territorio y calidad de vida, como la afectación de la reserva Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Serranía del Aguaragüe, la exposición a pozos gasíferos y la contaminación del agua.

En un contexto donde el agua dulce es limitada a escala global, el río Pilcomayo adquiere un valor que trasciende lo local. La Ley Departamental 516 del Corredor Pilcomayo reconoce esa condición al plantear la protección de un territorio que sostiene: bosques ribereños, fauna, prácticas culturales y economías comunitarias.

La norma establece un marco orientado a la conservación, la restauración ambiental y el uso sostenible para ordenar una relación históricamente marcada por la presión extractiva. Su alcance depende de su aplicación en un territorio donde el río sigue siendo el eje de la vida cotidiana.

Ilustración de hombre weenhayek realizando la actividad pesquera en el tewok (río).

En su implementación, la organización Naturaleza Tierra y Vida (Nativa) contribuyó a la socialización de la ley con distintos actores —autoridades, dirigentes de organizaciones y ganaderos—, además de apoyar la gestión de recursos para el desarrollo de proyectos orientados a la preservación de la biodiversidad.

Es desde ese territorio —el tewok, desde la memoria y el trabajo silencioso— que emerge otra posibilidad: dejar atrás la mirada que reduce y empezar a reconocer un potencial que no solo resiste, sino que también puede generar conservación y producción. No como una concesión, sino como un acto de justicia, donde las narrativas dejan de estar al borde del discurso para convertirse en el eje de la vida misma.

Y mientras cae la tarde sobre esas mismas orillas, el weenhayek permanece en silencio: la mirada fija en la corriente, el cuerpo atento al pulso del agua, el tiempo medido no en horas, sino en la pesca que aún no llega, y que sin embargo ya forma parte de su oficio.

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