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Notas de Marco Antonio

Voces del verano VII

Marco Antonio Montellano Gutierrez

Nelson Pandorga

7.

               Se despide cerca de las 11 de la noche. Temprano para ser verano. Camina desde la Catedral hacia la Plaza buscando taxi. Dobla a la izquierda en la Gral. Trigo, alcanza la Ingavi. En el trayecto tratan de asustarlo gritando desde dos diferentes balcones. Cuando levanta la cabeza apenas alcanza a escuchar las risas desaparecer en la semioscuridad añeja de esos aposentos de paredes gruesas y techos altos. Vaya casualidad, piensa, hoy he sido por dos ocasiones la víctima boba del aburrimiento crónico social, tan tradicional como las pocas casas coloniales que aún conserva el centro de la ciudad. No ha terminado de morir la Plaza ni sus personajes, aunque aparezcan cada vez más perplejos. Como un mantel tejido ha crecido la ciudad. Hay en su urdiembre hilo amarillo a croché mezclado con bayeta y aguja; con lana blanca y palillo, con máquina de coser, cuero y aguayo. Los pasatiempos colectivos de moda son el bolo y el pasanaku… algunos nostálgicos no se resignan a olvidar al  karaoke. Bisutería, chisme y vanidad. En la intimidad lo más apreciado sigue siendo reírse de los demás y coger.

 «Ya no sé francamente qué voy a hacer con la cagada de hijos que Dios me ha dado». “Antes la Condorito llegaba con la revista erótica Pingüino”. “Esperen, esperen, no hagan dos conversaciones, todos nos tenemos que enterar”. “Qué putas, tu abuelo se acostaba a la siesta y yo me choriaba el camión pechando, con toditos los llocallas del barrio”. “No te llevas bien con la bicicleta, papito, ya no eres chango”. “Dice que son unas indecentes, que la una le chupada la teta a la otra en el parquecito, delante de todo el mundo”. “Tengo ganas de farrear de nuevo che, en mi examen me ha ido bien”.

Entre príncipe y mendigo / Con las maquinarias de la anarquía / En el corto verano de la alegría / Todo mi corazón sangra de espuma / en días en los que se desparrama / Como una canción feliz la vida / y empiezo a visitarme / A lo que murió en mí y es ahora / Túmulo y memoria que se borran.

               – ¿Qué haces, viejito parroquiano?

               -Nada… nunca hago nada. Vos más bien, contá. ¿Cuál fue la vergüenza del acto?

               -Varias, pero sobresale el monólogo del Bicentenario. Se subió Toto Cow a caminar en círculos erráticos y veloces, como quien ya no puede esperar más a que desocupen el baño, copa de tinto en la mano. Y a vociferar, mirando al empíreo desde una tarima instalada en plena Loma de San Juan: ‘¡Uriondo… Méndez… Avilés…!’”.

               – ‘Luis Parra, Herramienta, Mocha Berta’… le hubiese yo aumentado.

               -Acto seguido desorejó a capela las cuecas más famosas. Les cambiaba la letra a su antojo el petiso carajo.

               – Espero que no haya sido tan sinvergüenza de cantar la que dice “Tarija me ha visto crecer”.

A continuación:

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